26 de octubre de 2009

Guia de lectura. "Prologo" de Ángel Rama.

Literatura Latinoamericana I
Rubén Darío
Octubre de 2009


Acerca de la poética de Rubén Darío

Guía de lectura del fragmento extraído de Angel Rama, “Prólogo” a Rubén Darío, Poesía, Caracas-Buenos Aires, Biblioteca Ayacucho/ Hyspamérica, 1986, págs. IX-LII*



Analice, teniendo en cuenta las siguientes preguntas, el fragmento del trabajo referido de Angel Rama. Procure establecer relaciones con los cuentos y poemas de Azul analizados en clase, así como con el “Prefacio” y el poema I de la sección “Cantos de vida y esperanza” del volumen Cantos de vida y esperanza de Darío (1905).


1. Delimite el planteamiento de Rama acerca de la tensión natural-artificial, naturaleza-artificio en la obra de los modernistas. Tenga en cuenta la expresión “paisajes de cultura”.

2. ¿Qué rasgo singulariza a juicio de Rama el trabajo con “productos culturales” en los textos de Darío? ¿De qué modo los utiliza el autor?

3. ¿A qué experiencia remite el uso que Darío hace de las palabras, de acuerdo a Rama? Tenga en cuenta la tensión entre los niveles sonoro y semántico.

4. ¿Qué lugar tiene la búsqueda de la unidad en la obra de Darío? ¿Cómo se relaciona con el contexto histórico en el que viven los modernistas?

5. Delimite el sentido que para Darío tiene la noción de “selva sagrada”. Reconozca esta noción en el poema I de la primera sección de Cantos de vida y esperanza. Atienda a contrastes como el de la carne y el mármol allí incluidos.

6. ¿Qué ocurre con la subjetividad y con el yo en la época? ¿Qué papel cumplen el “interior” y los objetos bellos en este proceso? Delimite qué ocurre en el caso de los escritores modernistas.


*La guía no debe ser entregada por escrito. Tiene como objetivo orientar la lectura del texto de Rama, el cual permitirá profundizar en el conocimiento de la obra de Darío (ya que no pudo darse la clase prevista sobre Cantos de vida y esperanza)
El texto Poesia de Rubén Darío y el "Prólogo" de Ángel Rama se encuentran disponibles en la web (PDF).
http://www.bibliotecayacucho.gob.ve/fba/index.php?id=97&backPID=96&swords=ruben%20dario&tt_products=9

21 de octubre de 2009

César Vallejo



"Piedra Negra Sobre Una Piedra Blanca "
Por Cesar Vallejo

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy de otoño.
Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y,
jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro
también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos

19 de octubre de 2009

"Yo soy aquel" Cantos de vida y esperanza.

A J. Enrique Rodó
- I -

Yo soy aquel que ayer no más decía
el verso azul y la canción profana,
en cuya noche un ruiseñor había
que era alondra de luz por la mañana.

El dueño fui de mi jardín de sueño,
lleno de rosas y de cisnes vagos;
el dueño de las tórtolas, el dueño
de góndolas y liras en los lagos;

y muy siglo diez y ocho y muy antiguo
y muy moderno; audaz, cosmopolita;
con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo,
y una sed de ilusiones infinita.

Yo supe del dolor desde mi infancia,
mi Juventud... ¿fue juventud la mía?
Sus rosas aún me dejan su fragancia,
una fragancia de melancolía...

Potro sin freno se lanzó mi instinto,
mi juventud montó potro sin freno;
iba embriagada y con puñal al cinto;
si no cayó, fue porque Dios es bueno.

En mi jardín se vio una estatua bella;
se juzgó mármol y era carne viva;
un alma joven habitaba en ella,
sentimental, sensible, sensitiva.

Y tímida ante el mundo, de manera
que encerrada en silencio no salía,
sino cuando en la dulce primavera
era la hora de la melodía...

Hora de ocaso y de discreto beso;
hora crepuscular y de retiro;
hora de madrigal y de embeleso,
de «te adoro», de «¡ay!» y de suspiro.

Y entonces era en la dulzaina un juego
de misteriosas gamas cristalinas,
un renovar de notas del Pan griego
y un desgranar de músicas latinas,

con aire tal y con ardor tan vivo,
que a la estatua nacían de repente
en el muslo viril patas de chivo
y dos cuernos de sátiro en la frente.

Como la Galatea gongorina
me encantó la marquesa verleniana,
y así juntaba a la pasión divina
una sensual hiperestesia humana;

todo ansia, todo ardor, sensación pura
y vigor natural; y sin falsía,
y sin comedia y sin literatura...
si hay un alma sincera, esa es la mía.

La torre de marfil tentó mi anhelo;
quise encerrarme dentro de mí mismo,
y tuve hambre de espacio y sed de cielo
desde las sombras de mi propio abismo.

Como la esponja que la sal satura
en el jugo del mar, fue el dulce y tierno
corazón mío, henchido de amargura
por el mundo, la carne y el infierno.

Mas, por gracia de Dios, en mi conciencia
el Bien supo elegir la mejor parte;
y si hubo áspera hiel en mi existencia,
melificó toda acritud el Arte.

Mi intelecto libré de pensar bajo,
bañó el agua castalia el alma mía,
peregrinó mi corazón y trajo
de la sagrada selva la armonía.

¡Oh, la selva sagrada! ¡Oh, la profunda
emanación del corazón divino
de la sagrada selva! ¡Oh, la fecunda
fuente cuya virtud vence al destino!

Bosque ideal que lo real complica,
allí el cuerpo arde y vive y Psiquis vuela;
mientras abajo el sátiro fornica,
ebria de azul deslíe Filomela.

Perla de ensueño y música amorosa
en la cúpula en flor del laurel verde,
Hipsipila sutil liba en la rosa,
y la boca del fauno el pezón muerde.

Allí va el dios en celo tras la hembra,
y la caña de Pan se alza del lodo;
la eterna Vida sus semillas siembra,
y brota la armonía del gran Todo.

El alma que entra allí debe ir desnuda,
temblando de deseo y de fiebre santa,
sobre cardo heridor y espina aguda:
así sueña, así vibra y así canta.

Vida, luz y verdad, tal triple llama
produce la interior llama infinita;
El Arte puro como Cristo exclama:
Ego sum lux et veritas et vita!

Y la vida es misterio; la luz ciega
y la verdad inaccesible asombra;
la adusta perfección jamás se entrega,
Y el secreto Ideal duerme en la sombra.

Por eso ser sincero es ser potente.
De desnuda que está, brilla la estrella;
el agua dice el alma de la fuente
en la voz de cristal que fluye d'ella.

Tal fue mi intento, hacer del alma pura
mía, una estrella, una fuente sonora,
con el horror de la literatura
y loco de crepúsculo y de aurora.

Del crepúsculo azul que da la pauta
que los celestes éxtasis inspira,
bruma y tono menor -¡toda la flauta!,
y Aurora, hija del Sol -¡toda la ira!

Pasó una piedra que lanzó una honda;
pasó una flecha que aguzó un violento.
La piedra de la honda fue a la onda,
y la flecha del odio fuese al viento.

La virtud está en ser tranquilo y fuerte;
con el fuego interior todo se abrasa;
se triunfa del rencor y de la muerte,
y hacia Belén... ¡la caravana pasa!

Prefacio a "Cantos de Vida y Esperanza" de Rubén Darío

Podría repetir aquí más de un concepto de las palabras liminares de Prosas profanas. Mi respeto por la aristocracia del pensamiento, por la nobleza del Arte, siempre es el mismo. Mi antiguo aborrecimiento a la mediocridad, a la mulatez intelectual, a la chatura estética, apenas si se aminora hoy con una razonada indiferencia.
El movimiento de libertad que me tocó iniciar en América, se propagó hasta España y tanto aquí como allá el triunfo está logrado. Aunque respecto a técnica tuviese demasiado que decir en el país en donde la expresión poética está anquilosada a punto de que la momificación del ritmo ha llegado a ser un artículo de fe, no haré sino una corta advertencia. En todos los países cultos de Europa se ha usado del hexámetro absolutamente clásico sin que la mayoría letrada y sobre todo la minoría se asustasen de semejante manera de cantar. En Italia ha mucho tiempo, sin citar antiguos, que Carducci ha autorizado los hexámetros; en inglés, no me atrevería casi a indicar, por respeto a la cultura de mis lectores, que la Evangelina de Longfellow, está en los mismos versos en que Horacio dijo sus mejores pensares. En cuanto al verso libre moderno..., ¿no es verdaderamente singular que en esta tierra de Quevedos y de Góngoras los únicos innovadores del instrumento lírico, los únicos libertadores del ritmo, hayan sido los poetas del Madrid Cómico y los libretistas del género chico?
Hago esta advertencia porque la forma es lo que primeramente toca a las muchedumbres. Yo no soy un poeta para muchedumbre. Pero sé que indefectiblemente tengo que ir a ellas.
Cuando dije que mi poesía era mía, en mí sostuve la primera condición de mi existir, sin pretensión ninguna de causar sectarismo en mente o voluntad ajena, y en un intenso amor a lo absoluto de la belleza.
Al seguir la vida que Dios me ha concedido tener, he buscado expresarme lo más noble y altamente en mi comprensión; voy diciendo mi verso con una modestia tan orgullosa que solamente las espigas comprenden, y cultivo, entre otras flores, una rosa rosada, concreción de alba, capullo de porvenir, entre el bullicio de la literatura.
Si en estos cantos hay política, es porque aparece universal. Y si encontráis versos a un presidente, es porque son un clamor continental. Mañana podremos ser yanquis (y es lo más probable); de todas maneras mi protesta queda escrita sobre las alas de los inmaculados cisnes, tan ilustres como Júpiter.

Modernismo



RUBÉN DARÍO:

Prosas profanas y otros poemas (1896-1901)

Palabras liminares

A Carlos Vega Belgrano, afectuosamente, este libro dedica R.D.
Después de Azul..., después de Los Raros, voces insinuantes, buena y mala intención, entusiasmo sonoro y envidia subterránea -todo bella cosecha-, solicitaron lo que, en conciencia, no he creído fructuoso ni oportuno: un manifiesto.
Ni fructuoso ni oportuno:
a) Por la absoluta falta de elevación mental de la mayoría pensante de nuestro continente, en la cual impera el universal personaje clasificado por Rémy de Gourmont con el nombre de Celui qui-ne comprend-pas. Celui qui-ne comprend pas es entre nosotros profesor, académico correspondiente de la Real Academia Española, periodista, abogado, poeta, rastaquouére.
b) Porque la obra colectiva de los nuevos de América es aún vana, estando muchos de los mejores talentos en el limbo de un completo desconocimiento del mismo Arte a que se consagran.
c) Porque proclamando, como proclamo, una estética acrática, la imposición de un modelo o de un código implicaría una contradicción.
Yo no tengo literatura «mía» -como lo ha manifestado una magistral autoridad-, para marcar el rumbo de los demás: mi literatura es mía en mí; quien siga servilmente mis huellas perderá su tesoro personal, y paje o esclavo, no podrá ocultar sello o librea. Wagner, a Augusta Holmes, su discípula, dijo un día: «Lo primero, no imitar a nadie, y sobre todo, a mí.» Gran decir.
Yo he dicho en la misa rosa de mi juventud, mis antífonas, mis secuencias, mis profanas prosas. -Tiempo y menos fatigas de alma y corazón me han hecho falta, para, como un buen monje artífice, hacer mis mayúsculas dignas de cada página del breviario. (A través de los fuegos divinos de las vidrieras historiadas, me río del viento que sopla afuera, del mal que pasa). Tocad, campanas de oro, campanas de plata; tocad todos los días, llamándome a la fiesta en que brillan los ojos de fuego, y las bocas sangran delicias únicas. Mi órgano es un viejo clavicordio pompadour, al son del cual danzaron sus gavotas alegres abuelos; y el perfume de tu pecho es mi perfume, eterno incensario de carne. Varona inmortal, flor de mi costilla.
Hombre soy.
¿Hay en mi sangre alguna gota de sangre de África, o de indio chorotega o nagrandano? Pudiera ser, a despecho de mis manos de marqués, mas he aquí que veréis en mis versos princesas, reyes, cosas imperiales, visiones de países lejanos o imposibles: ¡qué queréis!, yo detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer; y a un presidente de República, no podré saludarle en el idioma en que te cantaría a ti, ¡oh Halagabal!, de cuya corte -oro, seda mármol- me acuerdo en sueños...
(Si hay poesía en nuestra América, ella está en las cosas viejas: en Palenke y Utatlán, en el indio legendario, y en el inca sensual y fino, y en el gran Moctezuma de la silla de oro. Lo demás es tuyo, demócrata Walt Whitman.)
Buenos Aires: Cosmópolis.
¡Y mañana!
El abuelo español de barba blanca me señala una serie de retratos ilustres: «Éste -me dice-, es el gran don Miguel de Cervantes Saavedra, genio y manco; éste es Lope de Vega, éste Garcilaso, éste Quintana.» Y yo le pregunto por el noble Gracián, por Teresa la Santa, por el bravo Góngora y el más fuerte de todos, don Francisco de Quevedo y Villegas. Después exclamó: ¡Shakespeare! ¡Dante! ¡Hugo...! (Y en mi interior: ¡Verlaine...!)
Luego, al despedirme: «-Abuelo, preciso es decíroslo: mi esposa es de mi tierra; mi querida, de París.»
¿Y la cuestión métrica? ¿Y el ritmo?
Como cada palabra tiene un alma hay en cada verso además de la armonía verbal una melodía ideal. La música es sólo de la idea, muchas veces.
La gritería de trescientas ocas no te impedirá, Silvano, tocar tu encantadora flauta, con tal de que tu amigo el ruiseñor esté contento de tu melodía. Cuando él no esté para escucharte cierra los ojos y toca para los habitantes de tu reino interior. ¡Oh pueblo de desnudas ninfas, de rosadas reinas, de amorosas diosas!
Cae a tus pies una rosa, otra rosa, otra rosa. ¡Y besos!
Y la primera ley, creador: crear. Bufe el eunuco. Cuando una musa te dé un hijo, queden las otras ocho encinta.

El libro que habla



Carmen Perilli
"La Gaceta Literaria"


Para imaginar la escena de encuentro entre la escritura del conquistador y la oralidad indígena en América Latina tenemos que tener en cuenta la colisión cultural donde el mutuo desconocimiento derivó en dominación del más fuerte. Cuando Colón, en su diario de viaje consigna la llegada a tierra firme se inicia una doble conquista: la de las armas y la de las letras. La posesión de la escritura determinará la superioridad de los vencedores en el manejo de la comunicación y legitimará el avasallamiento de las armas.

Los pueblos latinoamericanos desconocían la escritura alfabética; abundan dentro de las crónicas las historias sobre el tema: Por ejemplo el episodio de los melones narrado en los Comentarios reales. Algunos pueblo,como los mayas, habían creado un sistema de signos gráficos. Los nahuas del Valle de México empleaban ideogramas y pictogramas. El modelo de cultura más alejada de lo que conocemos como letra se da en la zona andina donde quillcas y quipus simplemente reforzaban las prácticas discursivas orales.

En las sociedades en las que se desarrolló la escritura alfabética ésta aseguró su señorío con la imprenta. El Libro, cuyo paradigma es la Biblia, se transformó en la expresión de cultura de Occidente, negándose de este modo el profundo carácter oral de la antigüedad y el medioevo. Los pueblos indoamericanos problematiza con sus producciones discursivas estas categorías naturalizadas. Resulta fundamental reconocer el papel de la oralidad en América. Hoy, distanciándose de una posición etnocéntrica, los estudios culturales a fines del siglo XX aceptan la existencia de otras "escrituras" no alfabéticas en las que sonido e imagen juegan un papel diferente, planteando relaciones plurales entre lo oral, lo visual y lo escrito.

Al construirse nuestra identidad continental se relegó a un pasado mítico y silenciado los discursos indígenas, despojando a los pueblos del continente no solamente de sus propiedades reales sino también de sus representaciones simbólicas, en este caso del inmenso reino de la voz . Imposición de nombre le llamó el Inca Garcilaso de la Vega. Vaciamiento de un cosmos insiste Eduardo Subirats, denunciando la sustitución de la lógica indígena por una razón exterior e impuesta.

Si entre los recién llegados había cronistas y escribanos, los pueblos indígenas también tenían especialistas en la manutención de los sistemas orales y de notación. Por ejemplo los aztecas educaban a los sabios de la palabra (tlamatinime), los versados en la palabra o en el decir (quimatia tlatolli), a los compositores/cantores (cuicatlale/cuicane) que producían los cantos y, finalmente, a "los que hacían las pinturas" (tlacuillo). Entre los andinos estaban" los que manejaban los quipus" (quipucamayos ) y los sabios (amautas) .

De la misma manera que Europa vio en la falta de escritura un signo de inferioridad y barbarie, los habitantes de Anáhuac o de los Andes se desconocieron en la Escritura del Dios que le imponía el colonizador resistiendo desesperadamente dentro de sus universos simbólicos. En este conflicto se cifró el grado cero de la literatura latinoamericana. Dos son las escenas que he elegido para ilustrarlo. En ellas se condensan ricas significaciones: El Coloquio de los doce sabios de Anahuac y el Diálogo trunco de Cajamarca. El primero tuvo lugar en México, el otro en el Perú. Ambos son una demostración del fracaso de la comunicación entre españoles e indígenas.

Las dificultades de los castellanos para comprender los modos de comunicación de los indígenas se debieron, en todos los casos, a su tendencia a evaluarlos según sus propias prácticas discursivas basadas en la letra escrita y en el libro como objeto sagrado. El supuesto de que la civilización se funda el libro estaba ya arraigado en el siglo XVI . Difícil, sino imposible, hubiera sido para los letrados pensar que la letra es una de las tecnologías de la palabra y no la única. Es natural que toda comunidad humana, aunque no tenga escritura, haya desarrollado sofisticadas prácticas lingüísticas y una clara idea de sus funciones en la vida social. Sin embargo para una persona del siglo XVI esto era imposible de comprender.

En 1524 tiene lugar en el Valle de Anahuac el encuentro entre doce frailes franciscanos y un grupos de principales aztecas acompañados de sabios. La respuesta a las aseveraciones de los doce frailes en las cuales se les comunicaba la falsedad de los cultos que ellos, los aztecas, practicaban fue de asombro. Los sacerdotes aztecas se niegan a abandonar y destruir ellos mismos las leyes y costumbres que "dexaron los primeros pobladores desta tierra" y porque "a esto estamos habituados y los tenemos impresos en nuestros corazones". Toman una decisión basándose en el reconocimiento de la identidad y de la tradición .

Los doce españoles, al oir la resistencia, dan razones para probar el error de estas creencias . El primer argumento es, naturalmente, la prioridad que tienen las creencias de los frailes frente a lo que podría parecer igualmente aceptable. El hecho de que los españoles no conocían y por lo tanto no adoraban los mismos dioses que adoraban los mexicanos era razón suficiente para asegurar que los segundos estaban en el error. No se les ocurre pensar que la situación inversa puede tener igual validez que en su razonamiento porque los mexicanos no tienen escritura. La escritura es el principal sobreentendido de su argumento.Leamos las palabras de los frailes:

"Todo esto os declararemos muy por extenso si lo quereis oyr y satisfazeros emos en todo, porque tenemos la sagrada escriptura donde se contiene todo lo que os diremos, que son palabras de aquel que da el ser y el vivir a todas las cosas. Esta sagrada escriptura, de que muchas vezes os emos hecho mención, es cosa antiquísima; son palabras muy verdaderas, certíssimas, dignas de todo crédito"

Las actividades asociados a las actividades de escribir y de leer son diferentes para los mexicanos que para los castellanos. Para los primeros, "leer" es "mirar y contar lo que dicen las pinturas"; es decir, traducir signos gráficos no verbales a discurso verbal. Para los segundos, es transferir la letra escrita al sonido. La imagen de un Dios que dicta y la de alguien que escribe difícilmente podía ser captada por los mexicanos. Concebir la narración de lo que se mira en las pinturas, verter el contenido de ellas en discurso oral y conservar la tradición en la oralidad es algo que difícilmente podían entender los castellanos.

Estaban, como señala Walter Mignolo, uno a cada lado de la letra. Unos del lado de la letra que está pero que no se sabe tal, los otros del lado de la conciencia de la letra que sitúa los grupos humanos en el reino de las ausencias: los iletrados. Los unos, diestros en el decir y sabios de la palabra; los otros retóricos y letrados. El "otro" en Anahuac es ese extraño discurso que dictamina la veracidad de un dios y la falsedad de los otros invocando la inscripción gráfica de la letra. ¿Cómo podría el indígena , acostumbrado a mirar las pinturas del tlacuilo, incorporar la idea de que la lectura del libro sagrado contenía la verdad del mundo que en su error y ausencia de letras, ellos desconocían? .

Debemos tener en cuenta que el uso de la escritura modificó la manera de fijar el pasado. En unas pocas décadas las elites indígenas no solamente debieron aceptar e incorporar la escritura, sino asociarla a las formas tradicionales de expresión basadas en la imagen y el sonido. Esto alteró las representaciones del imaginario que proveían de identidad social. Allí donde la muerte rompió indefectivamente e indistintamente todo vínculo social, y donde la derrota impuso el silencio del dolor, allí dio comienzo el reino de la palabra extraña.

El problema planteado es la traducción integral de una cultura a otra, el paso de un sistema de signos a otro. Paradójicamente, la ausencia del filtro occidental no resuelve las cosas; los indios, que alineados sobre sus papeles de amatl, sus pictografías multicolores , pintaron los códices, prácticamente no dejaron las claves de su lectura.

Resulta curioso el hecho de que podemos poner fecha al encuentro entre oralidad y escritura en los Andes. El 16 de noviembre de 1532 en Cajamarca, se produjo un curioso diálogo entre Atahualpa y el padre español Vicente Valverde. Múltiples relatos se tejen alrededor de este hecho, con variaciones. Pero siempre se mantienen estos protagonistas agregándose el capitán Pizarro y el intérprete- Felipillo o Martinillo- variante paródica de la Malinche. La Voz Suprema del Inca frente al Libro empuñada por Valverde. Suscintamente el sacerdote español le extendió la Biblia diciéndole "Aquí está la palabra de Dios". Según distintas versiones el Inca trató de leerla al revés; se la acercó a la oreja intentando escuchar aquello que le habían prometido y arrojó el libro lejos, molesto por la mentira. En la versión de los testigos presenciales el hecho es relatado con extrema economía. la de Pedro Pizarro y la de Francisco Jerez. En realidad este acto que pasó a la historia como el ejemplo del fracaso del indio frente a la letra puede ser leido, como propone el estudioso peruano Antonio Cornejo Polar como el fracaso del libro y el mentís de su universalidad. El desprecio de Atahualpa lleva a su calificación como bárbaro y como hereje que le vale la muerte. Su desconocimiento del verdadero de Dios la legitima.

Este encuentro es paradigmático de la imposibilidad de un diálogo . Aquellos españoles, analfabetos casi todos incluido su capitán, no comprenden el desconocimiento del libro. Para ellos es un objeto sagrado, para el Inca es solamente un objeto más. El fetichismo de la escritura que lleva a la consignación, a la apropiación de la realidad americana por escrito es llamado "furia nominativa" le llama Todorov. De ese modo se intenta ordenar y controlar una realidad plural a la que se devasta.

Los gestos y las palabras de Valverde y Atahualpa señalan el origen de un complejo discurso cultural , quebrada desde su mismo soporte material; y, bien podría decirse que dan ingreso a varios discursos : de manera sobresaliente al de la Biblia, como así también al discurso hispánico imperial y al que a partir de entonces comenzará a generalizarse como "indio", negando las diferencias andinas con sus significados de derrota y resistencia . Hay en la opinión de Cornejo Polar una concentración de la memoria histórico- simbólica de las dos partes del conflicto y se expresa en la pertinaz preocupación latinoamericana : la de la pertinencia (o no) del lenguaje con el que se dice a sí misma, obsesión primera de una identidad, en cuya definición siempre aparece como fuerza desestabilizante, pero no necesariamente negativa la figura del otro.

La imagen del libro hablante: grado cero de relación entre la cultura oral y la escrita representado por la dificultad de Atahualpa para entender no solamente la letra sino el funcionamiento mecánico del libro (abrirlo, pasar las hojas) que funcionan como los símbolos mayores de la incomunicación.Aunque en la Europa de la Conquista la letra todavía no se había impuesto sobre la voz, en Anahuac, en Cajamarca la Escritura asume la representación plena de la Autoridad. Y es allí donde se metaforiza el silenciamiento de otras voces cuyas ricas modulaciones hemos olvidado, donde se produce el encuentro de la letra con las pinturas, de los relatos orales con el libro que concluyó con la violencia de las armas y el amordazamiento de las palabras.
Bibliografía

-Cornejo Polar, Escribir en el aire. Ensayo sobre la heterogeneidad socio-cultural en las literaturas andinas, Lima, 1994: .
-Gruzinski, Serge, La colonización del imaginario, México: Fondo de Cultura Económica, 1991.
-Lienhard, Martin, La voz y su huella, Lima: Horizonte, 1992
-Mignolo,Walter ,"La lengua , la letra, el territorio (o la crisis de los estudios literarios coloniales)" en Dispositio, volumen XI, Nros.28 29, Michigan, Año 1986.
- ----------------,"Tradiciones orales ,alfabetización y literatura (o de las diferencias entre el canon y el corpus), mimeo
- ----------------"Anahuac y sus otros" en Revista de crítica literaria latinoamericana, Año XIV, Nro, 28,Lima, 1988.
-Ong,Walter, Oralidad y escritura, México, Fondo de Cultura Económica,1987.
-Rama,Angel, La crítica de la cultura en América Latina,Venezuela: Ayacucho, 1.985.-
- Subirats,Eduardo, El continente vacío, Barcelona: Anaya y Mario Muchnik, 1994.
-Todorov.Tzvetan, La conquista de América. La cuestión del otro, México: Siglo XXI, 1.987.

El Lunarejo, una pluma del orbe indiano


Carmen Perilli

Juan de Espinosa Medrano, conocido como el Lunarejo por los lunares que marcaban su rostro mestizo, fue fraile y letrado en la Lima barroca donde un verdadero parnaso sostenía un imaginario cortesano en un abigarrado mundo en el que la paz enmascaraba la violencia. Un cuerpo entre mundos irreconciliables, que buscaba armar su propia genealogía, enfrentar la denigración que lo consideraba fruto de un mundo enfermo. Voces como la suya construyen un discurso que exalta las virtudes del Nuevo Mundo”:por consiguiente, los peruanos no hemos nacido en rincones oscuros y despreciables del mundo ni bajo aires más torpes sino en un lugar aventajado de la tierra, donde sonríe un mundo mejor”, dice en el prefacio a la Lógica.
Este hombre de enigmático origen, nacido alrededor de 1630, hablaba y escribía con perfección tanto el quechua, el castellano y el latín. Se han tejido románticas mitologías pero ninguna prueba un origen indio. Se conserva una alegórica anécdota: “Predicando un día Espinosa Medrano en la Iglesia Catedral advirtió, repelían a su madre que porfiaba a entrar y dijo: “ Señoras den lugar a esa pobre india que es mi madre” y al punto la llamaron convidando sus tapetes”.
En su brillante trayectoria este doctor que compartió un retrato con Santo Tomás, fue catedrático y teólogo. Una masiva concurrencia escuchaba sus sermones desde el púlpito de la Catedral del Cuzco. Entre sus bienes se encuentran propiedades urbanas y rurales, joyas, muebles, cuadros, esclavos y libros. Fue docto en Literatura, Religión y Filosofía. Lo escucharon tanto la corte, a los clérigos y a los estudiantes como a los indígenas catequizados. Sus palabras aspiran al reconocimiento de la labor de los intelectuales coloniales: ”... no hay cebo para un estudioso, no hay hechizo para quien aprende, como el aspirar a un acto lustroso y adquirirse una celebridad en él”
Se conservan un Apologético a Don Luis de Góngora, varios panegíricos, dos obras de teatro: un auto sacramental escritor en quechua y una tragicomedia en español. Además el prefacio a la Lógica de Santo Tomás y la traducción del primer tomo así como un conjunto de sermones agrupados como La novena maravilla. En los prólogos del Apologético, su obra más importante, se escenifica la ciudad letrada. Escritos por sus pares -"nosotros los criollos"-conforman un alegato construido subrepticiamente como acatamiento dirigido a la metrópolis. Estos criollos son conscientes de inaugurarse en la diferencia. El desafío está implícito en la extraña contienda del criollo sacerdote, caballero andante defensor de las formas del latín imperial y de las innovaciones gongorinas que busca apropiarse, aunque a destiempo, de un lugar en las polémicas españolas. Ya que " donde crió Dios más quilatados y copiosos los tesoros de la tierra, depositó también los ingenios del cielo". La identificación entre tesoros e ingenios se afirma tajantemente: “Pero en más precisa obligación le reconoce esta escondida América, siendo su ingenio, no el ensaye del oro y la plata que pródigas dan sus brutas peñas; de los grandes talentos sí, que produce el mineraje racional de sus hijos”.
El origen mestizo y vergonzoso se oculta detrás de adjetivos como antártico, indiano, austral, criollo, americano en estos “desesperados climas", donde siempre se corre contra con la distancia: ”Pero los europeos sospechan seriamente que los estudios de los hombres del Nuevo Mundo son bárbaros”. Por ello el Lunarejo argumenta con autoridades: ”(Aristóteles) dijo claramente que este polo antártico está en lo alto del cielo, o sea que es la parte superior. El Doctor Angélico concuerda con el Filósofo” Y agrega ””Conque para los peruanos las estrellas son diestras sin embargo su fortuna es siniestra”.
En su “Oración a Santa Rosa de Lima” intenta defender la civilización y la fe de estos territorios: “. La presencia de Rosa es testimonio, de la religiosidad vernácula no fruto ajeno: ”¿Pues Rosa no es patrona del Nuevo Mundo?. ¿No yace en Lima su virgíneo cadáver?. Es cierto: ¿Pues cómo dicen que Roma ha de entonces enviar a Roma su Rosa?. Lima le dará Rosa que equivalga a esas dos ínclitas cabezas del cristianismo: con sólo Rosa blasonará el Perú tanto como todo el mundo con sus apóstoles”.
Doble movimiento de acercamiento y de alejamiento. Se acepta la existencia de un centro político y religioso y se cuestiona un centro geográfico al que se proclama relativo.. El gesto de alabanza al héroe español se torna en orgullo indiano. Escribe, desafiante, a uno de los protectores: “Mucho padrino es vuestra excelencia (príncipe excelentísimo) para que mi pequeñez aspire a su patrocinio; pero menester es, que sea tan grande, si ha de llegar su sombra hasta el otro mundo”. El Lunarejo solicita abrigo para las letras indianas a borrosas y poderosas figuras. Sin embargo, está orgulloso de su carácter peruano. Yergue su voz tonante de letrado criollo: “A los príncipes grandes suelen presentarse las aves peregrinas, los pájaros que crió región remota; una pluma del orbe indiano se abate a los pies de vuestra excelencia no de vuelo tan humilde, que por lo menos no ha salvado el Antártico mar, y el Gaditano”.
Si es un ave peregrina, no por ello deja de reivindicar la altura del vuelo, se siente heredero de los dos mundos aunque “¿qué puede haber de bueno en las Indias? Sátiros nos juzgan, tritones nos presumen, que brutos de alma, en vano se alientan a desmentirnos máscaras de humanidad. ... harto es, que hablemos: mucho valdría Papagayo, que tanto parlase.” Monstruo barroco, mitad animal, mitad humano, híbrido entre naturaleza y cultura, el criollo sobrelleva sus marcas en la piel y la letra. No se resigna a ser convertido en papagayo, simple reflejo, exótico y colorido, espejismo y mentira.. Muchos años después el cubano Reynaldo Arenas pondrá en boca de uno de sus personajes la misma queja ”¿ Hasta cuándo el hecho de ser americano constituirá una condena? .¿Hasta cuándo seremos considerados como seres paradisíacos y lujuriosos, criaturas de sol y agua?...¿Hasta cuándo vamos a ser considerados como seres mágicos guiados por la pasión y el instinto?...¿Hasta cuándo vamos a permanecer en perpetuo descubrimiento por ojos conocidos?”
Juan de Espinosa Medrano, Apologético, Caracas: Ayacucho, 1.982.
Reynaldo Arenas, El mundo alucinante, Bs.As. : Tiempo Contemporáneo, 1970
Carmen Perilli, Colonialismo y Escrituras en América Latina, Tucumán:UNT , IIELA, 1999.
Carmen Perilli, Discursos Imperiales. Tucumán: UNT, IIELA, 1999.
Publicado en "La Gaceta Literaria"; La Gaceta de Tucumán.

Los empeños de una monja. Juana Inés de la Cruz

Carmen Perilli
El 12 de noviembre se ha cumplido un nuevo aniversario del nacimiento de Juana Ramírez y Asbaje en una hacienda de Neplanta, México[1]. Su silueta domina el horizonte de la ciudad letrada colonial latinoamericana. Un fenómeno, una ave rara: una mujer dominada por “el vicio del saber” que escribe por oficio y por placer, un monstruo que produce letras. No hay escena más impactante que la narración hecha por su primer biógrafo, Diego Calleja, cuando la joven enfrenta los doctores en la Universidad de México ”no cabe en humano juicio...que a la manera de un Galeón Real...se defendería de pocas Chalupas que le embistieran, así se desembarazaba Juana Inés de las preguntas, argumentos y réplicas, que tantos, cada uno en su clase, le propusieron”. El primer tomo de sus poesías- Inundación castálida, la nombra la“décima musa”. Es asombroso el caudal de recursos con los que desestabiliza el saber de la época y sortea la censura: el camuflaje, la alegoría, el disfraz, la parodia, la mímica. Su vida transcurre entre la corte y el convento.Este espacio de incertidumbre es en muchas de las obras de Sor Juana un lugar de desaliento y dislocación ya que carecer de estado significa no existir como persona. La vida de la corte le proporciona una retórica; los valores aristocráticos incluyen el merecimiento, el obsequio, la fortuna, la fineza y el acaso todos valores ajenos a nosotros- dominan la escritura.” Ceremonia es, más que adorno,/ este disfraz tan usado,/ vinculado a los festines/ cortesanos de Palacio”( Amor es más laberinto. Sus ansias de independencia y su escaso patrimonio y su origen bastardo la llevan a tomar los hábitos”¿Hay cosa como saber/ que ya dependo de nadie,/ que he de morirme y vivirme/ cuando a mí se me antojare” . Logra entrar al claustro sin romper relaciones con la corte, pero encuentra una rígida separación entre el mundo masculino y femenino -.”yo no entiendo de esas cosas;/ sólo sé que aquí me vine/porque, si es que soy mujer,/ ninguno lo verifique”
El poder virreinal la protege y la ciudad letrada la ensalza. El arco de 1680 es una de las pruebas de su aceptación de las reglas. Supo apoyarse en las mitologías para hablar a la comunidad ilustrada y tomó la voz de negros e indios en los villancicos. En cada una de sus posiciones en la escritura da lugar a una intervención con determinada serie de reglas y, frecuentemente, se trata de una intervención desestabilizadora, ya sea porque la voz que habla es de mujer e imita las convenciones hasta parodiarlas o porque elimina las reglas del juego, la distinción del sexo, destruyendo así la asociación aparentemente natural del varón con el poder. por medio de personajes alegóricos , máscaras necesarias
La Respuesta a Sor Filotea contiene sus argumentaciones sobre la condición de las mujeres, en respuesta al obispo Santa Cruz quien bajo el seudónimo ha criticado su intervención en cuestiones teológicas. Emplea la negación y el silencio para afirmar la neutralidad del espacio del conocimiento. Sor Juana se diferencia, a través de la afirmación autobiográfica, de la historia de vida por mandato, común entre las monjas místicas adoptaba la forma de una hagiografía. Ludmer habla de “tretas del débil” :saber y decir se presentan como campos enfrentados, no simultáneos. La monja se pinta con los ropajes de la humildad” : “Y, a la verdad, yo nunca he escrito sino violentada y forzada sólo por dar gusto a otros ...nunca he juzgado de mí que tenga el caudal de letras e ingenio que pide la obligación de quien escribe”. Por un lado dice que entró en religión para "sepultar con mi nombre mi entendimiento sacrificárselo sólo a quien me lo dio'', pues había pedido a Dios que le quite la inteligencia, "dejando sólo lo que basta para guardar su Ley, pues lo demás sobra, según algunos, en una mujer y aún hay quien diga que daña''. Pero luego afirma otra cosa -que está en el convento por la "total negación que tenía al matrimonio". Escribe que calla, estudia y sabe; narra su historia como historia de sus ansias de conocimiento-“y podía conmigo más el deseo de saber que el de comer”- En la primera escena cuenta cómo engañó a la maestra y guardó silencio ante la madre . El silencio es resistencia frente al poder del otro: la madre, el Obispo, la Inquisición. El movimiento consiste en despojarse de la palabra pública y su no decir disfraza una práctica prohibida. Juana decide entonces que el publicar, una exigencia que proviene de los otros, punto más alto del decir ,no le interesa. Cubre de silencio el campo del saber; escribe sobre el silencio femenino. Refugia en la esfera privada la palabra femenina y la constituye como zona de la ciencia y de la literatura negando la división sexual. Siempre es posible tomar un espacio desde donde se puede practicar lo vedado en otros. Los espacios íntimos se constituyen en punto de partida para discursos y prácticas prohibidas. .“Pero qué os pudiera contar, señora, de los secretos naturales que he descubierto estando guisando? ...Y yo suelo decir viendo estas cosillas: Si Aristóteles hubiera guisado mucho más hubiera escrito”.
Es difícil librarse de los “silogismos de colores” con los que la historia y la crítica ha cubierto a Juana Inés. Ella misma era conciente de ellos cuando planteaba “Y diversa de mí misma/entre vuestras plumas ando/no como soy, sino como / quisisteis imaginarlo”: Esas plumas que, según Glantz, la han mostrado como musa y sibila y, sobre todo como monstruo, llevando que como a su personaje Leonor, “era el admirable blanco/ de todas las atenciones, / de tal modo , que llegaron/ a venerar como infuso/ lo que fue adquirido lauro”. Su lamento es doble “En perseguirme, Mundo, ¿ qué interesas?/¿En qué te ofendo, cuando sólo intento/poner bellezas en mi entendimiento / y no mi entendimiento en las bellezas”. Según Borges los poetas agregan cosas al mundo. Sor Juana nos ha legado , a pesar de la mitología; a pesar de su propia firma ”Yo la peor de la peor” , algunas de las más bellas construcciones de la literatura universal.
Juana Inés de la Cruz, Obras Completas, Ed A.Méndez Plancarte, México:FCE, 1957..
Jean Franco, Las conspiradoras, México: FCE, 1987.
Margo Glantz, ¿Hagiografía o Autobiografía?, México: UNAM, Grijalbo, , 1995.
-------------, SorJuana : la comparación y la hipérbole, México: CONACULTA, 2000
Irving Leonard, La época barroca en el México colonial, México:FCE, 1976-
Josefina Ludmer, ”Las tretas del débil” en La sartén por el mango, Puerto Rico: Huracán, 1985.
Octavio Paz, Sor Juana o las trampas de la fe, México: FCE, 1983.
Publicado en “La Gaceta Literaria” ; La Gaceta de Tucumán.
[1] El año de nacimiento ha sido puesto en duda. El padre Calleja afirma 1651, para otros es 1648..

17 de octubre de 2009

SEGUNDO PARCIAL: 21 de octubre de 2009

LISTA DE TEMAS Y BIBLIOGRAFIA OBLIGATORIA PARA EL PARCIAL

UNIDAD II.
La época barroca y el Barroco en la literatura. La ciudad letrada. Sor Juana Inés de la Cruz. Sonetos de tema amoroso.
Bibliografia.
Maraval, José Antonio: La cultura del Barroco (Introducción y capítulo uno).
Leonard, Irving A. :La época barroca en el México colonial.
Sabat de Rivers, Georgina: "Veintiún sonetos de Sor Juana y su casuística del amor"
UNIDAD III.
El siglo XIX. El Romanticismo y sus fundaciones. La constitución de la novela latinoamericana. Indigenismo. Aves sin nido de Clorinda Matto de Turner.
Bibliografia.
Osorio T., Nelson: Las letras hispanoamericanas en el siglo XIX.
Sommer, Doris (2004): Ficciones fundacionales. F.C.E. Colombia. (CParte 1 y Parte 2)
Chang-Rodriguez, Eugenio: "El indigenismo peruano y Mariátegui" en Revista Iberoamericana. Vol. L, Núm. 127, 1984.
González Prada, Manuel: "Nuestros indios" (Selección).
Mariátegui, José Carlos: "El problema del indio. Su nuevo planteamiento" en Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana.
Arguedas, José María: "No soy un aculturado" (Discurso) Lima, Octubre, 1968.
Selección de Prólogos de escritores latinomericanos del siglo XIX.
UNIDAD IV.
Modernismo hispanoamericano. El ensayo sobre el continente: "Nuestra América" de José Martí.
Bibliografía.
Henríquez Ureña, Max: Breve historia del Modernismo (Selección).
Rama, Ángel: Las máscaras democráticas del Modernismo (Capítulo II).
Lagmanovich, David: "Lectura de un ensayo: "Nuestra América" de José Martí."

10 de octubre de 2009

Algunos Prólogos. Las Novelas Fundacionales

FICCIONES FUNDACIONALES
Nación y novela en el siglo XIX
Cumandá o un drama entre salvajes, Juan León Mera.
Al Excmo. señor director de la Real Academia Española
Señor:
No sé a qué debo la gran honra de haber sido nombrado miembro correspondiente de esa ilustre y sabia Corporación, pues confieso (y no se crea que lo hago por buscar aplauso a la sombra de fingida modestia) que mis imperfectos trabajos literarios jamás me han envanecido hasta el punto de presumir que soy merecedor de un diploma académico. Todos ellos, hijos de natural inclinación que recibí con la vida y fomenté con estudios enteramente privados, son buenos, a lo sumo, para probar que nunca debe menospreciarse ni desecharse un don de la naturaleza, mas no para servir de fundamento a un título que sólo han merecido justamente beneméritos literatos.
Sin embargo, sorprendido por el nombramiento a que me refiero, no tuve valor para rechazarlo, y a los propósitos, harto graves para mí, de empeñar todas mis fuerzas en las tareas que me imponía el inesperado cargo, añadí el de presentar a esa Real Corporación alguna obra que, siendo independiente de las académicas, pudiese patentizar de una manera especial mi viva y eterna gratitud para con ella.
¿Qué hacer para cumplir este voto? Tras no corto meditar y dar vueltas en torno de unos cuantos asuntos, vine a fijarme en una leyenda, años ha trazada en mi mente. Creí hallar en ella algo nuevo, poético e interesante; refresqué la memoria de los cuadros encantadores de las vírgenes selvas del oriente de esta República; reuní las reminiscencias de las costumbres de las tribus salvajes que por ellas vagan; acudí a las tradiciones de los tiempos en que estas tierras eran de España y escribí CUMANDÁ; nombre de una heroína de aquellas desiertas regiones, muchas veces repetido por un ilustrado viajero inglés, amigo mío, cuando me refería una tierna anécdota, de la cual fue, en parte, ocular testigo, y cuyos incidentes entran en la urdimbre del presente relato.
Bien sé que insignes escritores, como Chateaubriand y Cooper, han desenvuelto las escenas de sus novelas entre salvajes hordas y a la sombra de las selvas de América, que han pintado con inimitable pincel; mas, con todo, juzgo que hay bastante diferencia entre las regiones del Norte bañadas por el Mississipí y las del sur, que se enorgullecen con sus Amazonas, así como entre las costumbres de los indios que respectivamente en ellas moran. La obra de quien escriba acerca de los jívaros tiene, pues, que ser diferente de la escrita en la cabaña de los nátchez, y por más que no alcance un alto grado de perfección, será grata al entendimiento del lector inclinado a lo nuevo y desconocido. Razón hay para llamar vírgenes a nuestras regiones orientales: ni la industria y la ciencia han estudiado todavía su naturaleza, ni la poesía la ha cantado, ni la filosofía ha hecho la disección de la vida y costumbres de los jívaros, záparos y otras familias indígenas y bárbaras que vegetan en aquellos desiertos, divorciadas de la sociedad civilizada.
CUMANDÁ es un corto ensayo de lo que pudieran trazar péñolas más competentes que la mía, y, con todo, la obrita va a manos de V. E., y espero que, por tan respetable órgano, sea presentada a la Real Academia. Ojalá merezca su simpatía y benevolencia y la mire siquiera como una florecilla extraña, hallada en el seno de ignotas selvas; y que, a fuer de extraña, tenga cabida en el inapreciable ramillete de las flores literarias de la madre patria.
Soy de V. E. muy atento y seguro servidor, q. s. m. b.,

Ambato, a 10 de marzo de 1877

JUAN LEÓN MERA
Soledad, Bartolomé Mitre.
Prólogo. De la redacción de la época

Empezamos hoy a publicar en el Folletín de nuestro diario esta novela que hemos escrito en los ratos de ocio que permite la redacción laboriosa de un diario, y que ofrecemos al público como el primer ensayo que hacemos en un género de literatura tan difícil como poco cultivado entre nosotros.
La América del Sur es la parte del mundo más pobre de novelistas originales. Si tratásemos de investigar las causas de esta pobreza, diríamos que parece que la novela es la más alta expresión de la civilización de un pueblo, a semejanza de aquellos frutos que sólo brotan cuando el árbol está en toda la plenitud de su desarrollo.
La forma lírica o ditirámbica es en los pueblos lo que en los niños los primeros sonidos que articulan. La imaginación de los hombres primitivos se inspira del ruido del torrente, del murmullo de las hojas, del canto de las aves, del sol, de la luna, de las estrellas, en una palabra, del sonido, de la luz, y del movimiento que anima al universo y que hiere nuestros sentidos como un himno grandioso que la naturaleza entona a su creador.
La forma narrativa viene sólo en la segunda edad. Recién entonces los poetas emplean las descripciones, y aparecen los cronistas y los historiadores. Los elementos sencillos de que está compuesta, aún la sociedad pueden concretarse en esa forma, que todavía puede reflejarlo y explicarlo todo.
Cuando la sociedad se completa, la civilización se desarrolla, la esfera intelectual se ensancha entonces, y se hace indispensable una nueva forma que concrete los diversos elementos que forman la vida del pueblo llegado a ese estado de madurez. Primero viene el drama, y más tarde la novela. El primero es la vida en acción; la segunda es también la vida en acción pero explicada y analizada, es decir, la vida sujeta a la lógica. Es un espejo fiel en que el hombre se contempla tal cual es con sus vicios y virtudes, y cuya vista despierta por lo general, profundas meditaciones o saludables escarmientos.
No faltan entre nosotros espíritus severos que consideran a la novela como un descarrío de la imaginación, como ficciones indignas de ocupar la atención de los hombres pensadores. Pero nosotros les preguntaremos: ¿Qué son sino novelas las grandes obras con que se enorgullece la humanidad? ¿Qué son la Iliada y la Eneida, sino novelas en verso? ¿Qué son el Quijote y el Gil Blas? ¿Qué han escrito Rabelais, Rousseau, Cervantes, Richardson, Walter Scott, Cooper, Bulwer, Dickens, sino novelas? ¿Sus obras no son las primeras en la literatura? ¿Sus nombres no brillan entre los de los primeros genios? Pues bien, unas son novelas, y los otros son novelistas. ¿Quién despreciará unos y otras?
Convenimos por otra parte en que este género mal manejado y abastardado ha podido inspirar hastío, pero estos son descarríos de imaginaciones extraviadas que no deben atribuirse al genero en sí. Al lado de esos millares de novelas que deshonran la literatura están las grandes obras del genio para hacerle honor.
Es por esto que quisiéramos que la novela echase profundas raíces en el suelo virgen de la América. El pueblo ignora su historia, sus costumbres apenas formadas no han sido filosóficamente estudiadas, y las ideas y sentimientos modificadas por el modo de ser político y social no han sido presentadas bajo formas vivas y animadas copiadas de la sociedad en que vivimos. La novela popularizaría nuestra historia echando mano de los sucesos de la conquista, de la época colonial, y de los recuerdos de la guerra de la independencia. Como Cooper en su Puritano y el Espía, pintaría las costumbres originales y desconocidas de los diversos pueblos de este continente, que tanto se prestan a ser poetizadas, y haría conocer nuestras sociedades tan profundamente agitadas por la desgracia, con tantos vicios y tan grandes virtudes, representándolas en el momento de su transformación, cuando la crisálida se transforma en brillante mariposa. Todo esto haría la novela, y es la única forma bajo la cual puedan presentarse estos diversos cuadros tan llenos de ricos colores y movimiento.
Lo que queda dicho es por lo que respecta a la novela en general y en particular a la América del Sur. Ahora diremos algunas palabras sobre nuestra novela, lo que es como ocuparse de un grano de arena después de haber hablado del mar.
Soledad es un debilísimo ensayo que no tiene otro objeto sino estimular a las jóvenes capacidades a que exploren el rico minero de la novela americana. Su acción es muy sencilla, y sus personajes son copiados de la sociedad americanas en general. Apenas podría explicar el autor la idea moral que se ha propuesto, pero si se le concede que en el fondo de su obra hay alguna verdad, es indudable que también habrá moral. Ha querido hacer depender el interés más del juego recíproco de las pasiones, que de la multiplicidad de los sucesos, poniendo siempre al hombre moral sobre el hombre fisiológico. Ésta ha sido la idea madre que lo ha guiado en su composición. Sus personajes sienten y piensan, más que obran. Por eso la heroína es una mujer que tiene un corazón y siente; tiene una inteligencia y piensa, que busca la felicidad en la vida, que es débil como mujer algunas veces, y cuya imaginación se descarría como criatura humana que es. Tal es nuestra novela, y tal la heroína de ella.
Al colocar la escena en Bolivia, el autor ha querido hacer una manifestación pública de su gratitud por la agradable acogida que ha merecido en este país, en el que ha encontrado algunos días de paz proscripto del que le vio nacer.
La novia del hereje o la Inquisición de Lima, Vicente Fidel López.
Carta-prólogo
Sr. Dr. D. MIGUEL NAVARRO VIOLA.
Montevideo, 7 de Setiembre de 1854.

Mi querido amigo y compañero.
Al deseo que vd. me ha mostrado de que haga preceder de un prólogo crítico la Novia del Hereje, voy a contestarle con estos renglones que tal vez juzgue vd. buenos para suplir esa falta notada en la obra.
Las tareas áridas y serias a que tengo que consagrar las horas activas de mis días, no me dan tiempo para contraerme a revisar esos manuscritos que fueron el fruto espontáneo de aspiraciones literarias que ya tengo abandonadas. En nuestros países, como vd. sabe, no se puede [IV] vivir de la literatura sino al través del diarismo: forma por la que nunca he tenido vocación, ya sea por falta de aptitudes para enredarme en la lucha de pasiones y de amor propio, a que él provoca, ya por huir de la necesidad en que habría caído de escribir sobre cosas aprendidas el día antes, o ignoradas del todo, como si siempre las hubiese sabido a fondo, supliendo el estudio sincero con la petulancia y el charlatanismo.
Esos manuscritos que envío a vd. son, pues, viejos; hace algunos años que fueron impresos en Chile como folletín de un Diario. Le juro a vd. que si quisiera ahora ponerlos en estado de ser publicados con satisfacción mía, creería necesario borrarlos desde el principio y hacerlos de nuevo. Lo único que puedo decirle a vd. de esa obra, es que ha sido escrita con alegría de ánimo y conciencia: y si se la mando a vd. en esa forma, que, con algún tiempo a mi alcance, hubiera podido perfeccionar, es porque le había prometido a vd. contribuir a su empresa y no podía cumplirle de otro modo mi oferta. En un tiempo en que se explotan tanto los malos lados de la prensa, séame permitido asegurar a vd. que si la Novia del Hereje le parece digna de amenizar su Revista, la imprima en el concepto de que yo no creo que pueda tener más mérito que el empeño con que he procurado dar verdad histórica y local a la narración, modestia y buen sentido al estilo, y una decencia estrictamente moral a las situaciones. Así es que lo único de que estoy seguro, es: de que siendo ese un trabajo esencialmente americano en su fondo, y desprovisto en su estilo de toda clase de pretensiones, se escapa por ese lado a las ridículas parodias de las pasiones, de las tendencias, y de los estilos exóticos, que tanto contribuyen a quitarnos el conocimiento y la conciencia de las sociedades de que formamos parte.
La obra va llena de cosas que no habría dejado en ella si me hubiera puesto a retocarla. Pero le repito a vd. que ese habría sido un trabajo para el que no tengo tiempo. Pudiera notarse en ella tal vez una que otra malicia del estilo o de la situación, que podría parecer impropia de una pluma grave; pero, como estoy cierto que a pesar de ello, esos rasgos son de una decencia intachable, e incapaces de ofender el pudor de la virgen más inocente, he preferido dejarlos sin tomarme otra precaución que la de declararle a vd. que la obra va tal cual fue concebida y ejecutada al calor de las risueñas impresiones de un espíritu, que joven entonces, creía navegar con la brisa del ingenio un lago adornado de hermosas y amenas perspectivas. Los años y la experiencia se han encargado de hacer desaparecer la brisa y el agua; y he creído que habría sido un contrasentido querer corregir el canto espontáneo de la ilusión desde el árido banco del desengaño. Reflexiono también, que nada hay tan justo como el considerar prescrita a los cuarenta años la responsabilidad de lo que fue escrito a los veinte y cinco; y esto aquieta mis escrúpulos.
La Novia del Hereje está ejecutada en perfecto acuerdo con las tradiciones americanas referentes al tiempo de la escena, que traté de estudiar bien antes de emplearlas como materia de mi trabajo. No por esto crea vd. que me olvido de que la Historia de la literatura no cuenta sino un solo Walter Scott; y yo sé bien ahora que no soy yo quien estoy destinado a repetir a Cooper en la República Argentina. Cuando uno es joven le son permitidos los ensueños; cuando uno deja de serlo, es feliz si puede recordarlos sin sonrojarse. Hacer revivir costumbres pasadas, galvanizar por decirlo así, sociedades muertas, es una empresa de alto coturno, para la que uno puede atribuirse fuerzas en las ilusiones de su primera edad; pero que se debe renunciar en la segunda, a no haber lanzado como ensayo un Waverley. La Novia del Hereje es pues el fruto de una ilusión renunciada.
Si fuere leída con gusto, me alegraré por lo que eso pueda influir en el buen éxito de la distinguida empresa en que vd. se ha puesto: no sería extraño eso, porque muchas veces sucede que es leída con gusto una obra desprovista de todo mérito literario; y destinada a ser olvidada dos días después.
Yo le doy a vd. mi manuscrito sin otra mira, pues si hubiera pensado publicarlo en el Río de la Plata por mi propia satisfacción, lo hubiera hecho reimprimir antes de ahora en las infinitas ocasiones que he tenido de sacarlo del olvido en que le acompañan algunas otras tentativas de su mismo género, de que vd. y otros amigos tienen algún conocimiento.
Entusiasta desde mis primeros años por la lectura de todo aquello que tenía relación con la historia del Río de la Plata, se puede decir que por mucho tiempo mi placer favorito ha sido el estudio de cuanto documento relativo a ella he podido haber a la mano; y como las peripecias de regla en nuestra vida me arrojaran a pasar mi juventud en otras Repúblicas de América, he podido aplicar la misma pasión a los mismos objetos y en mayor escala.
Parecíame entonces que una serie de novelas destinadas a resucitar el recuerdo de los viejos tiempos, con buen sentido, con erudición, con paciencia y consagración seria al trabajo, era una empresa digna de tentar al más puro patriotismo; porque creía que los pueblos en donde falte el conocimiento claro y la conciencia de sus tradiciones nacionales, son como los hombres desprovistos de hogar y de familia, que consumen su vida en oscuras y tristes aventuras sin que nadie quede ligado a ellos por el respeto, por el amor, o por la gratitud. Las generaciones se suceden unas a otras abandonadas a las convulsiones y los delirios del individualismo. Esta es quizás la causa de que Walter Scott y Cooper sean únicos en el mundo moderno: es un hecho al menos, que los pueblos para quienes escribieron son los únicos en donde se respetan las tradiciones nacionales como una creencia inviolable.
Iniciar a nuestros pueblos en las antiguas tradiciones, hacer revivir el espíritu de la familia, echar una mirada al pasado desde las fragosidades de la revolución para concebir la línea de generación que han llevado los sucesos, y orientarnos en cuanto al fin de nuestra marcha, eran objetos que de cierto tentaban las cándidas ambiciones de mi juventud.
Pero era más fácil concebir esos objetos que ejecutar la obra que debía producir el resultado. Se habría necesitado para ello grande ingenio y la consagración de un largo tiempo; y yo por mi parte tuve el buen sentido de reconocer muy pronto que me faltaba lo primero, y que mi primer deber era arrancarme a las amenidades del espíritu para vivir de mi trabajo personal.
La Novia del Hereje (si yo hubiera podido realizar en ella mis ideas) habría tenido por objeto poner en acción los elementos morales que constituían la sociedad americana en el tiempo de la colonización. Había escogido a Lima por teatro, porque aquella ciudad era la más perfecta expresión de todos esos elementos reunidos: era por decirlo así el centro de vida que el gobierno español había dado a todos los vastos territorios que se extienden desde Panamá hasta el Estrecho de Magallanes, y que están limitados por los dos Océanos. Allí palpitaban los trozos del imperio de los Incas, y el pie de los triunfadores se hundía todavía sobre sus carnes.
Una gran revolución, perdida ya en nuestros recuerdos, vino a realizarse después; fue esta una revolución inmensa, de cuya vasta importancia solo puede juzgar quien compare las Leyes de Indias con las guerras del famoso don Pedro de Zeballos por arrojar a los Portugueses de la Colonia del Sacramento.
Esta nueva peripecia había echado en mi mente los gérmenes de una nueva Novela, en la que la escena y el interés se habría trasportado al Río de la Plata, siguiendo al espíritu vital que también había empezado a emigrar de la fastuosa Lima.
¿Pero qué tienen que ver, se me dirá, las Leyes de Indias con las novelas y con don Pedro de Zeballos?... Mucho más de lo que es presumible a primera vista, respondo yo.
Por el código mencionado la Aduana exterior de las Provincias del Río de la Plata estaba en el Tucumán, porque aquella era la vía por donde ellos se surtían de mercaderías europeas. Cada año partían de Cádiz dos flotas convoyando una infinidad de buques de comercio en donde la Casa de Contratación de Sevilla mandaba el surtido de los géneros que se necesitaban en América. Toda otra vía estaba prohibida.
Una de estas flotas iba a la costa de México y la otra a la costa de la Nueva Granada, dependencias en el principio, del Virreinato del Perú, al que pertenecía también todo el Río de la Plata. De esta última flota fluían todos los géneros que venían a surtir a las provincias que hoy son Argentinas.
Pero cuando la casa de Braganza se puso a la cabeza de la insurrección del Portugal, apoyada directamente por la Inglaterra, la Francia, y la Holanda, que, sin una alianza formal como las que hoy se hacen, estaban en una especie de guerra normal contra la España, el comercio marítimo de estas naciones encontró una preciosa ocasión para burlar las prohibiciones que la legislación aduanera de los españoles había establecido al comercio con la América.
Todo el territorio brasilero colonizado por portugueses, siguió el empuje de separación dado por la madre patria; y los bosques de la América repitieron el eco del grito de guerra lanzado en las orillas del Tajo. Dirigidos los portugueses por un instinto mercantil lleno de penetración atravesaron el territorio, desierto entonces, que hoy forma la República Oriental del Uruguay, y levantaron a diez leguas de la costa española las murallas de la colonia del Sacramento. Una vez parapetados allí, pudieron contar con que habían dado el golpe de muerte al comercio de las dos flotas en que tanto se habían afanado los Felipes de las Leyes de Indias.
Los ingleses, los franceses, los holandeses, cuyas fábricas cuya industria y cuya civilización se habían alzado a una altura prodigiosa con los mismos elementos arrojados de España por el despotismo y la intolerancia, empezaron a echar centenares de cargamentos en las costas del Brasil desde donde eran trasportados hasta la Colonia. Muchas veces las expediciones originarias mismas venían hasta allí, a descargar y tomar sus retornos.
Una vez puestos en esa situación, el contrabando local se encargaba de hacerlos pasar hasta la otra orilla, desde donde subían hasta Lima misma con una mejora asombrosa en el precio sobre las expediciones del monopolio.
Así empezó a engrandecerse y a tomar vuelo la población y riquezas de Buenos Aires.
La población de Buenos Aires vino a ser, por medio de este cambio radical de las cosas, el centro, el nudo del comercio interior, con el exterior. La codicia de los comerciantes encontró medio de bautizar como (1) españoles los géneros extranjeros para hacerlos atravesar todo el territorio, desparramando el bienestar y las riquezas por toda la vía. En pago de esas expediciones venía también el producto de las minas y de la agricultura interior que servía a dar retornos.
Por más que la España dio leyes, no pudo contener el torrente. Las provincias del Río de la Plata habían cambiado de frente: lejos de venirles de Lima el soplo de vida, eran ellas quienes lo habían empezado a dar. Tuvo la España la fortuna de encargar entonces el Gobierno del Río de la Plata, que empezaba a hacerse muy delicado a causa de estas ocurrencias, al célebre don Pedro de Zeballos, oficial de mucho crédito en las guerras de Italia, y que a mucho valor personal reunía la voluntad y el golpe de vista que hace a los grandes hombres.
En dos días comprendió él que el único remedio que aquel mal tenía era legitimar francamente los hechos consumados: es decir, abrir el Río de la Plata al comercio europeo; pero destruyendo antes la Colonia del Sacramento, para arrancar a los portugueses el privilegio que esas murallas les daban de hacer ese comercio por su cuenta. Realizada la obra vendría ese tráfico a hacerse por intermedio de los españoles; y el Gobierno del Rey tendría como hacer positivas sus restricciones. Revolución inmensa que basta por sí sola para asignar a qué altura estaban las ideas políticas de Zeballos.
La Colonia fue arrancada dos veces por él a la corona de Portugal; y restablecida la España en la dominación exclusiva de las dos orillas del Río, fue creado Virreinato de Buenos Aires todo el territorio que ha sido después República Argentina. Desde entonces, el comercio exterior (2) se hizo libremente por el Río de la Plata produciendo en su tránsito las riquezas de las ciudades de Salta, Córdoba, Tucumán y otras, que eran entonces centro de una civilización y de una prosperidad sumamente notables. La ciudad de Buenos Aires, que había estado muy lejos de fijar al principio la atención de la madre patria, debió a ese tráfico, solo su acrecimiento y su importancia: hasta que la guerra de la independencia, y la guerra civil después, le fueron quitando a pedazos los antiguos mercados del interior: que tantísimas ventajas le produjeron y que tanto le prometían siempre para el porvenir.
Esta revolución consumada por un hombre como Zeballos, que supo llenar la imaginación de los pueblos, por medio de guerras tan nacionales como aquellas, habría sido de cierto un vastísimo campo para la novela histórica. En ella habría podido hacerse servicios eminentes a la nacionalidad argentina reponiendo el espíritu de los pueblos, aturdidos por los excesos y las calamidades de las guerras incesantes, a la vía sana de su nacionalidad, y de su único desarrollo posible.
El plan que en mis ilusiones juveniles me había trazado no pecaba de cierto por estrecho ni por tímido; porque cuando uno sale de la niñez se presume con fuerzas para todo, y no cuenta con los deberes serios de la vida que han de venir cada mañana a golpear sobre sus almohadas. Yo, pues, pretendía entonces consignar en la Novia del Hereje la lucha que la raza española sostenía en el tiempo de la conquista, contra las novedades que agitaban al mundo cristiano y preparaban los nuevos rasgos de la civilización actual: quería localizar esa lucha en el centro de la vida americana para despertar el sentido y el colorido de las primeras tradiciones nacionales, y con esa mira tomé por basa histórica de mi cuento las hazañas y las exploraciones del famoso pirata inglés Francisco Drake, tan célebre bajo el reinado de Isabel.
D. Pedro de Zeballos, y las primeras guerras contra los Portugueses, me inspiraron el plan de otra novela en la que traté de desenvolver el profundo cambio que este grande hombre realizó en el comercio y la política colonial, de que antes he hablado.
Es sabido que el virreinato de Buenos Aires incluía las cuatro intendencias del Alto Perú, hoy Bolivia, en donde había una raza oprimida que descendía directamente de los pueblos Inca: raza industriosa y civilizada bajo cuyo trabajo había florecido antes el país. La opresión que sobre ella impuso la raza española, la redujo a la miseria y al servilismo; y fue tan dura, que produjo al cabo la insurrección formidable que lleva el nombre de Tupac-Amaru, con lo que acabó para siempre el espíritu indio en nuestro continente. Al frente de los indígenas, los españoles puros y los criollos, animados por el espíritu de raza, habían permanecido unidos; pero cuando el peligro común desapareció, empezaron a sentirse los gérmenes de la hostilidad entre los dos gajos.
La Inglaterra que había crecido enormemente en pocos siglos no cesaba de lamentar el resultado de las victorias de Zeballos, y codiciaba el Río de la Plata como un canal para abrirse por el contrabando los mercados del Interior. Estas miras de su política, combinándose con otras circunstancias, produjeron al fin las grandes tentativas de Berresford y Witelock, contra las que hizo un papel tan novelesco el célebre Liniers, que por sus hábitos y su genio, era a la par que un hombre histórico distinguidísimo, un verdadero héroe de novela. Querer decir todo lo que un trabajo de esta clase hubiera podido revelar en cuanto a la marcha del país, y en cuanto a la revolución de Mayo, es inútil; pues no hay quien no sepa como se avivaron y se trabaron los odios entre europeos y patricios; entre los cabildos y las autoridades militares, después del segundo triunfo de Liniers, ni quien ignore la marcha rapidísima de los sucesos hasta el Veinticinco de Mayo de 1810. Sobre este fondo yo había trazado y aun empezado a ejecutar un romance con el título de El Conde de Buenos Aires.
Hecha la revolución se me ofrecían tres grandes fases. 1ª. El estado interior del país con respecto a los españoles, que tratado por medio del gran complot conocido por Revolución de Álzaga, habría revelado el espíritu y las condiciones morales de la sociedad revolucionaria con las primeras erupciones de sus pasiones políticas; escogí por título de este trabajo el de Martín I, y permanece en bosquejo.
2ª. La guerra exterior y de propaganda llevada por el general San Martín a Chile, y señalada con los famosos triunfos de Chacabuco y Maipu, me hicieron concebir un trabajo que vd. ha tenido en sus manos con el título del Capitán Vargas, que es el que he dejado más adelantado entre todos.
3ª. La insurrección de las masas campesinas contra los gobiernos centrales, al mando de Artigas y de Ramírez que empezó a reducir a ilusión todos los proyectos de organizaciones políticas que se habían imaginado; que con el título de Guelfos y Gibelinos, tengo también bosquejado apenas.
Usted ve que mi plan era vasto, y por lo mismo difícil de realizar. Ahínco y contracción no me hubieran faltado, me parece, si hubiera tenido tiempo y quietud de ánimo: dudo si de que los resortes de mi inteligencia hubieran sido bastante finos, bastante elásticos para prestarse a la ejecución un tanto apropiada de trabajo tan variado y tan perspicaz.
Por desgracia, no hay medio entre nosotros de sostener una literatura de este género: empeñarse en llevarla hasta esas alturas sería condenarse al martirio de Sísifo.
A mi modo de ver, una novela puede ser estrictamente histórica sin tener que cercenar o modificar en un ápice la verdad de los hechos conocidos. Así como de la vida de los hombres no queda más recuerdo que el de los hechos capitales con que se distinguieron, de la vida de los pueblos no queda otros tampoco que los que dejan las grandes peripecias de su historia. Su vida ordinaria, y por decirlo así familiar, desaparece, porque ella es como el rostro humano que se destruye con la muerte. Pero como la verdad es que al lado de la vida histórica ha existido la vida familiar, así como todo hombre que ha dejado recuerdos ha tenido un rostro, el novelista hábil puede reproducir con su imaginación la parte perdida creando libremente la vida familiar y sujetándose estrictamente a la vida histórica en las combinaciones que haga de una y otra para reproducir la verdad completa.
Pero, mi amigo, permítame V. que me contenga. Empecé esta carta en un rato de desahogo creyendo que no le escribiría a V. sino unos renglones, y me sorprendo de repente en el tren de un prólogo crítico como el que no quería emprender.
Por lo que hace a los trabajos más serios que V. me ha pedido para su Revista, créame V. que habría deseado complacerle ofreciéndole algunos manuscritos de que yo mismo hago tan poco caso que nunca he tentado publicarlos; pero se opone a mi deseo un fuerte inconveniente. Todo lo que podría dar a V. rola, como V. sabe, sobre cosas argentinas; y aunque son trabajos viejos, pues [XVI] hace tiempo que he dejado de mano las tareas estériles de la literatura, parecerían escritos con intenciones actuales, y estoy hastiado de las luchas mezquinas de la pasión. Déjeme V., pues, olvidarlos.
Queda de V. como siempre afectísimo amigo y compañero.

V. F. LÓPEZ.
Aves sin nido, Clorinda Matto de Turner

Proemio

Si la historia es el espejo donde las generaciones por venir han de contemplar la imagen de las generaciones que fueron, la novela tiene que ser la fotografía que estereotipe los vicios y las virtudes de un pueblo, con la consiguiente moraleja correctiva para aquéllos y el homenaje de admiración para éstas.
Es tal, por esto, la importancia de la novela de costumbres, que en sus hojas contiene muchas veces el secreto de la reforma de algunos tipos, cuando no su extinción.
En los países en que, como el nuestro, la Literatura se halla en su cuna, tiene la novela que ejercer mayor influjo en la morigeración de las costumbres, y, por lo tanto, cuando se presenta una obra con tendencias levantadas a regiones superiores a aquéllas en que nace y vive la novela cuya trama es puramente amorosa o recreativa, bien puede implorar la atención de su público para que extendiéndole la mano la entregue al pueblo.
¿Quién sabe si después de doblar la última página de este libro se conocerá la importancia de observar atentamente el personal de las autoridades, así eclesiásticas como civiles, que vayan a regir los destinos de los que viven en las apartadas poblaciones del interior del Perú?
¿Quién sabe si se reconocerá la necesidad del matrimonio de los curas como una exigencia social?
Para manifestar esta esperanza me inspiro en la exactitud con que he tomado los cuadros, del natural, presentando al lector la copia para que él juzgue y falle.
Amo con amor de ternura a la raza indígena, por lo mismo que he observado de cerca sus costumbres, encantadoras por su sencillez, y la abyección a que someten esa raza aquellos mandones de villorrio, que, si varían de nombre, no degeneran siquiera del epíteto de tiranos. No otra cosa son, en lo general, los curas, gobernadores, caciques y alcaldes.
Llevada por este cariño, he observado durante quince años multitud de episodios que, a realizarse en Suiza, la Provenza o la Saboya, tendrían su cantor, su novelista o su historiador que los inmortalizase con la lira o la pluma, pero que, en lo apartado de mi patria, apenas alcanzan el descolorido lápiz de una hermana.
Repito que al someter mi obra al fallo del lector, hágolo con la esperanza de que ese fallo sea la idea de mejorar la condición de los pueblos chicos del Perú; y aun cuando no fuese otra cosa que la simple conmiseración, la autora de estas páginas habrá conseguido su propósito, recordando que en el país existen hermanos que sufren, explotados en la noche de la ignorancia, martirizados en esas tinieblas que piden luz; señalando puntos de no escasa importancia para los progresos nacionales y haciendo, a la vez, literatura peruana.

Clorinda Matto de Turner.
Blanca Sol, Mercedes Cabello de la Carbonera.
Un prólogo que se ha hecho necesario.
Siempre he creído que la novela social es de tanta o mayor importancia que la novela pasional.
Estudiar y manifestar las imperfecciones, los defectos y vicios que en sociedad son admitidos, sancionados, y con frecuencia objeto de admiración y de estima, será sin duda mucho más benéfico que estudiar las pasiones y sus consecuencias.
En el curso de ciertas pasiones, hay algo tan fatal, tan inconsciente e irresponsable, como en el curso de una enfermedad, en la cual, conocimientos y experiencias no son parte a salvar al que, más que dueño de sus impresiones, es casi siempre, víctima de ellas. No sucede así en el desarrollo de ciertos vicios sociales, como el lujo, la adulación, la vanidad, que son susceptibles de refrenarse, de moralizarse, y quizá también de extirparse, y a este fin dirige sus esfuerzos la novela social.
Y la corrección será tanto más fácil, cuanto que estos defectos no están inveterados en nuestras costumbres, ni inoculados en la trasmisión hereditaria.
Pasaron ya los tiempos en que los cuentos inverosímiles y las fantasmagorías quiméricas, servían de embeleso a las imaginaciones de los que buscaban en la novela lo extraordinario y fantástico como deliciosa golosina.
Hoy se le pide al novelista cuadros vivos y naturales, y el arte de novelar, ha venido a ser como la ciencia del anatómico: el novelista estudia el espíritu del hombre y el espíritu de las sociedades, el uno puesto al frente del otro, con la misma exactitud que el médico, el cuerpo tendido en el anfiteatro. Y tan vivientes y humanas han resultado las creaciones de la fantasía, que más de una vez Zola y Daudet en Francia, Camilo Lemoinnier en Bélgica y Cambaceres en la Argentina, hanse visto acusados, de haber trazado retratos cuyo parecido, el mundo entero reconocía, en tanto que ellos no hicieron más que crear un tipo en el que imprimieron aquellos vicios o defectos que se proponían manifestar.
Por más que la novela sea hoy obra de observación y de análisis, siempre le estará vedado al novelista descorrer el velo de la vida particular, para exponer a las miradas del mundo, los pliegues más ocultos de la conciencia de un individuo. Si la novela estuviera condenada a copiar fielmente un modelo, sería necesario proscribirla como arma personal y odiosa.
No es culpa del novelista, como no lo es del pintor, si después de haber creado un tipo, tomando diversamente, ora sea lo más bello, ora lo más censurable que a su vista se presenta, el público inclinado siempre a buscar semejanzas, las encuentra, quizá sin razón alguna, con determinadas personalidades.
Los que buscan símiles como único objetivo del intencionado estudio sociológico del escritor, tuercen malamente los altísimos fines que la novela se propone en estas nuestras modernas sociedades.
Ocultar lo imaginario bajo las apariencias de la vida real, es lo que constituye todo el arte de la novela moderna.
Y puesto se trata de un trabajo meditado y no de un cuento inventado, precisa también estudiar el determinismo hereditario, arraigado y agrandado con la educación y el mal ejemplo: precisa estudiar el medio ambiente en que viven y se desarrollan aquellos vicios que debemos poner en relieve, con hechos basados en la observación y la experiencia. Y si es cierto, que este estudio y esta experiencia no podemos practicarlos sino en la sociedad en que vivimos y para la que escribimos, también es cierto, que el novelista no ha menester copiar personajes determinados para que sus creaciones, si han sido el resultado de la experiencia y la observación, sean todo un proceso levantado, en el que el público debe ser juez de las faltas que a su vista se le manifiestan.
Los novelistas, dice un gran crítico francés, ocupan en este momento el primer puesto en la literatura moderna. Y esta preeminencia se les ha acordado, sin duda, por ser ellos el lazo de unión entre la literatura y la nueva ciencia experimental; ellos son los llamados a presentar lo que pueda llamarse el proceso humano, foleado y revisado, para que juzgue y pronuncie sentencia el hombre científico.
Ellos pueden servir a todas las ciencias que van a la investigación del ser moral, puesto, que a más de estudiar sobre el cuerpo vivo el caprichoso curso de los sentimientos, pueden también crear situaciones que respondan a todos los movimientos del ánimo.
Hoy que luminosa y científicamente se trata de definir la posibilidad de la irresponsabilidad individual en ciertas situaciones de la vida, la novela está llamada a colaborar en la solución de los grandes problemas que la ciencia le presenta. Quizá si ella llegará a deslindar lo que aun permanece indeciso y oscuro en ese lejano horizonte en el que un día se resolverán cuestiones de higiene moral.
Y así mientras el legislador se preocupa más de la corrección que jamás llega a impedir el mal, el novelista se ocupará en manifestar, que sólo la educación y el medio ambiente en que vive y se desarrolla el ser moral, deciden de la mentalidad que forma el fondo de todas las acciones humanas.
El novelador puede presentarnos el mal, con todas sus consecuencias y peligros y llegar a probarnos, que si la virtud es útil y necesaria, no es sólo por ser un bien, ni porque un día dará resultados finales que se traducirán en premios y castigos allá en la vida de ultratumba, sino más bien, porque la moral social está basada en lo verdadero, lo bueno y lo bello, y que el hombre como parte integrante de la Humanidad, debe vivir para el altísimo fin de ser el colaborador que colectivamente contribuya al perfeccionamiento de ella.
Y el novelista no sólo estudia al hombre tal cual es: hace más, nos lo presenta tal cual debe ser. Por eso, como dice un gran pensador americano: «El arte va más allá de la ciencia. Ésta ve las cosas tales cuales son, el arte las ve además como deben ser. La ciencia se dirige particularmente al espíritu; el arte sobre todo al corazón.»
Y puesto que de los afectos más que de las ideas proviene en el fondo la conducta humana, resulta que la finalidad del arte es superior a la de la ciencia.
Con tan bella definición, vemos manifiestamente que la novela no sólo debe limitarse a la copia de la vida sino además a la idealización del bien.
Y aquí llega la tan debatida cuestión del naturalismo, y la acusación dirigida a esta escuela de llegar a la nota pornográfica, con lo cual dicen parece no haberse propuesto sino la descripción, y también muchas veces, el embellecimiento del mal.
No es pues esa tendencia la que debe dominar a los novelistas sudamericanos, tanto más alejados de ella cuanto que, si aquí en estas jóvenes sociedades, fuéramos a escribir una novela completamente al estilo zolaniano, lejos de escribir una obra calcada sobre la naturaleza, nos veríamos precisados a forjar una concepción imaginaria sin aplicación práctica en nuestras costumbres. Si para dar provechosas enseñanzas la novela ha de ser copia de la vida, no haríamos más que tornarnos en malos imitadores, copiando lo que en países extraños al nuestro puede que sea de alguna utilidad, quedando aquí en esta joven sociedad, completamente inútil, esto cuando no fuera profundamente perjudicial.
Cumple es cierto al escritor, en obras de mera recreación literaria, consultar el gusto de la inmensa mayoría de los lectores, marcadamente pronunciado a favor de ciertas lecturas un tanto picantes y aparentemente ligeras, lo cual se manifiesta en el desprecio o la indiferencia con que reciben las obras serias y profundamente moralizadoras.
Hoy se exige que la moral sea alegre, festiva sin consentirle el inspirarnos ideas tristes, ni mucho menos llevarnos a la meditación y a la reflexión.
Es así como la novela moderna con su argumento sencillo y sin enredo alguno, con sus cuadros siempre naturales, tocando muchas veces hasta la trivialidad; pero que tienen por mira sino moralizar, cuando menos manifestar el mal, ha llegado a ser como esas medicinas que las aceptamos tan sólo por tener la apariencia del manjar de nuestro gusto.
Será necesario pues en adelante dividir a los novelistas en dos categorías, colocando a un lado a los que, como decía Cervantes, escriben papeles para entretener doncellas, y a los que pueden hacer de la novela un medio de investigación y de estudio, en que el arte preste su poderoso concurso a las ciencias que miran al hombre, desligándolo de añejas tradiciones y absurdas preocupaciones.
El Arte se ha ennoblecido, su misión no es ya cantar la grandiosidad de las catedrales góticas ni llorar sobre la fe perdida, hoy tal vez para siempre; y en vez de describirnos los horrores de aquel Infierno imaginario, describiranos el verdadero Infierno, que está en el desordenado curso de las pasiones. Nuevos ideales se le presentan a su vista; él puede ser colaborador de la Ciencia en la sublime misión de procurarle al hombre la Redención que lo libre de la ignorancia, y el Paraíso que será la posesión de la Verdad científica.

Mercedes Cabello de Carbonera

Las letras hispanoamericanas en el siglo XIX. Nelson Osorio.

Comprender el pasado es dedicarse a definir los factores sociales, descubrir sus interacciones, sus relaciones de fuerza, y a descubrir, tras los textos, los impulsos (conscientes, inconscientes) que dictan los actos. (Pierre Vilar: Iniciación al vocabulario del análisis histórico).

Noble deseo, pero grave error cuando se quiere hacer historia, es el que pretende recordar a todos los héroes. En la historia literaria el error lleva a la confusión [...] Hace falta poner en circulación tablas de valores: nombres centrales y libros de lectura indispensables. [...] La historia literaria de la América Española debe escribirse alrededor de unos cuantos nombres centrales: Bello, Sarmiento, Montalvo, Martí, Darío, Rodó. (Pedro Henríquez Ureña: «Caminos de nuestra historia Literaria» [1925])

Introducción
Al estudiar la producción literaria de América Latina, la tendencia historiográfica tradicional ha buscado explicar y comprender el proceso literario fundamentalmente a partir del paradigma del proceso europeo (más concretamente, de Europa occidental). Este procedimiento, de carácter deductivo, aplica una serie esquemática de «periodos» (como neoclasicismo, romanticismo, realismo, naturalismo) y de «escuelas» (como parnaso, simbolismo, decadentismo), en función de las cuales implícitamente se sitúa la producción literaria de nuestro continente como una especie de epifenómeno de las manifestaciones artísticas que se originan en los grandes centros metropolitanos.
Sin desconocer ni negar la influencia que han ejercido en nuestro continente las culturas de otras naciones, especialmente de Europa, si de estudiar la literatura hispanoamericana se trata, parece necesario colocar el acento en las condiciones concretas en que surge y se desenvuelve el proceso de la producción literaria en nuestro medio, en la medida en que ésta deba ser estudiada históricamente como una de las dimensiones metafóricas del imaginario social, como una respuesta a las condiciones en que se vive la realidad.
La literatura puede considerarse como un registro metafórico, pero no tanto de la realidad misma sino de la relación del hombre con la realidad. Y la historia de la literatura es un estudio que busca organizar y comprender, desde una perspectiva fundamentalmente diacrónica, el proceso de producción de textos literarios dentro de una comunidad cultural. De lo que se trata, por consiguiente, es de comprender dicho proceso en su articulación al conjunto de la realidad histórica, porque es en función de ella y a partir de ella que el hombre elabora proyectos y sueños, ideas, valores y normas de conducta. Estudiar la producción literaria de un determinado periodo, y establecer los cambios que en ella se producen, implica adentrarse en el diálogo que los hombres mantienen con sus condiciones de vida, para conocerlas y superarlas. En este sentido, la literatura no «refleja» la realidad, sino que es parte de ella. En la literatura se registra el modo como los hombres viven y sueñan su realidad histórica, social y cultural.
Desde este punto de vista, y aunque su formulación pueda sonar a paradoja, en literatura no puede hablarse propiamente de «progreso» (en el sentido en que se emplea el término referido al desarrollo social, político o económico), puesto que en la medida en que una obra logre ser expresión artística plena de los ideales y valores de su época, dentro de esta dimensión histórico-literaria es una obra valiosa. En consecuencia, la valoración no puede desentenderse del marco referencial que establece el horizonte de la cultura en que una obra literaria surge y se proyecta.
De esta manera, la producción literaria del periodo de la emancipación hispanoamericana, o la que se escribe durante el proceso de formación de los estados nacionales o durante el periodo de la modernización, debe ser leída, estudiada y valorada en relación con los parámetros y valores de esos momentos, y no sería objetivo juzgarlas a partir de los criterios, valores y exigencias de nuestros días. Hacer esto último significaría, de una u otra manera, desentenderse de la perspectiva histórica y sustituirla por criterios organicistas o teleológicos.
Por otra parte, la literatura no es un simple conjunto empírico de obras ni su historia puede resolverse como la ordenación más o menos cronológica de ellas. La historia de la literatura se legitima como disciplina del conocimiento en la medida en que logra sistematizar y exponer adecuadamente las líneas de fuerza que organizan el proceso de producción de textos literarios. Los impulsos inconscientes que se formalizan en el discurso literario responden, de alguna manera, a las condiciones reales en que la actividad artística se manifiesta. Sacar a luz estas fuerzas e impulsos subyacentes, codificarlos y sistematizarlos, es la tarea intelectual creativa que le corresponde asumir al historiador de la cultura.
En este predicamento, el panorama que a continuación se esboza del proceso de las letras durante el siglo XIX no pretende ser un recuento de nombres y títulos de obras. La ausencia de menciones a una gran cantidad de autores y obras, muchas de ellas importantes en la configuración del conjunto, obedece a la búsqueda de una síntesis comprensiva que permita seguir el desarrollo del proceso en sus líneas fundamentales. Para completar la información incorporamos un anexo cronológico que funciona como marco referencial de información empírica, y que contiene los hechos históricos y culturales más destacados, en un recuento año por año desde 1791 hasta 1910.
Las Letras de la Emancipación (1791-1830)
A comienzos del siglo XIX, las sociedades de América Latina se ven afectadas en su conjunto por una serie de cambios que modifican sustancialmente su condición histórica, abriendo paso a una etapa nueva. Este momento es el que se conoce tradicionalmente como el periodo de la Emancipación.
El panorama mundial en el cual se inscriben estos cambios está signado por los avances revolucionarios de la creciente burguesía, cuyo fortalecimiento -favorecido por el acelerado proceso de la llamada Revolución Industrial- se consolida con la hegemonía política sobre la zona del Atlántico Norte -afianzada con la Independencia de los Estados Unidos, en 1776-, y da lugar al surgimiento de las bases definitivas de la Época Moderna (Carlos M. Rama: Historia, 17).
Para el caso particular de la América española en esos años, a estas nuevas condiciones generales que van cambiando la fisonomía del mundo occidental, habría que agregar el conjunto de acontecimientos políticos y militares que afectan la vida de la península ibérica, centro del imperio español, particularmente la invasión napoleónica y la consiguiente huida del rey Fernando VII.
En ese contexto y por esos años van adquiriendo expresión pública, primero en lo político, y muy pronto también en lo militar, los anhelos de autodeterminación y los esfuerzos por romper con la dependencia colonial. Son los años en que comienzan a tomar forma en las posesiones españolas de América los primeros proyectos para organizarse como una sociedad autónoma.
La fecha que suele usarse para situar el inicio de este proceso de Emancipación es el año 1810, momento en que en la mayoría de las capitales coloniales del imperio español se crean Juntas de Gobierno, con la finalidad declarada de asumir provisoriamente la dirección de sus asuntos en nombre del rey Fernando VII. El hecho de que la península ibérica estuviera invadida por las tropas francesas justificaba esta medida; el mismo Fernando VII, antes de dejar el país, nombró una Junta para que se encargara de sus intereses, y a su ejemplo se crearon Juntas provinciales en Sevilla, Galicia, Asturias y otros lugares de España. En las colonias americanas, apelando a su formal condición de Provincias de Ultramar, las fuerzas criollas internas, apoyándose sobre todo en la institución de los Cabildos, impulsan también la formación de Juntas de Gobierno similares a las de la península.
Dada la situación de España, regida a partir de 1808 por José Bonaparte -hermano de Napoleón-, tanto los españoles fieles a Fernando VII como los criollos ilustrados parecían coincidir en la necesidad de crear instrumentos de gobierno que impidieran la anexión de las colonias a Francia. Sólo que estos últimos veían en las Juntas organismos mediante los cuales pudieran consolidarse proyectos autonomistas que fueran más allá de una simple medida transitoria de resguardo de los intereses de la Corona y el Imperio.
Después de los intentos pronto sofocados que se dan en Chuquisaca, La Paz y Quito en 1809, el movimiento se extiende a otras capitales en 1810 y se inicia una etapa en la que los sectores criollos más radicalizados empiezan a imponer su proyecto a los moderados españoles realistas.
La diferente apreciación acerca del carácter, atribuciones y perspectivas que debían tener las Juntas de Gobierno -diferencias no siempre explícitas en el momento- va separando a los peninsulares realistas de los criollos ilustrados. Esta diferencia no nace como producto de la contingencia inmediata que debían afrontar, sino que tiene antecedentes previos. La gestación de una conciencia criolla diferenciada se inicia en el mundo colonial desde muy temprano. Las contradicciones de intereses entre peninsulares y coloniales (los llamados indianos por unos, criollos o españoles americanos, por otros), unida a la institucionalización de las desigualdades y discriminaciones impuesta por la práctica del gobierno central español, crean las condiciones materiales para el surgimiento de esta conciencia crítica primero, y luego para su transformación en proyectos autonomistas o independentistas. Y aunque el año 1810 ilustra las primeras manifestaciones políticas concretas de esta conciencia, su expresión pública había empezado a mostrarse ya desde fines del siglo anterior.
La declaración de independencia de las colonias inglesas del Norte, en 1776, y la revolución francesa en 1789 son hitos significativos de los cambios que se producen en la situación mundial a fines del siglo XVIII, cuando la burguesía toma el poder político y se empiezan a desarrollar las grandes transformaciones que caracterizan la consolidación de la Época Moderna. El pensamiento ilustrado es el fermento ideológico que justifica estos cambios y ayuda a cimentar una nueva conciencia crítica, rompiendo el ceñidor del pensamiento escolástico que legitimaba un sistema vertical y autoritario. Todo esto, unido a los conflictos que afectaban a las grandes potencias imperiales de entonces, forma el marco de condiciones externas que posibilitan en América la rápida eclosión de las fuerzas revolucionarias internas que abren paso a la Emancipación.
Por eso es posible encontrar mucho antes de 1810 hechos significativos que muestran el desarrollo de la conciencia que se exterioriza en la crisis que estalla ese año. Ya en 1790, el venezolano Francisco de Miranda hacía en Londres gestiones con el Primer Ministro William Pitt para interesarlo en la causa de la independencia de la América española. Ese mismo año, un jesuita peruano expulsado, (1) Juan Pablo Viscardo y Guzmán, el abate Viscardo, redacta un «Proyecto para la independencia de la América española» (que presenta en marzo del año siguiente en Londres, persiguiendo objetivos similares a los de Miranda). Cabe señalar que en 1791 Viscardo redacta (en francés) su famosa «Carta a los españoles americanos», que Miranda hace editar en 1799 y que circula por toda América. (2) Por otra parte, en 1790, en Haití (Saint Domingue para entonces) se producen los primeros brotes de una rebelión, que al año siguiente estalla como insurrección de los esclavos, movimiento que finalmente triunfa, haciendo de Haití la primera nación latinoamericana que declara formal y públicamente su independencia (1º de enero de 1804).
Una tradición historiográfica que ya se hace necesario revisar, acostumbra situar cronológicamente el periodo de la Emancipación entre 1810 y 1824, es decir, desde la creación de las primeras Juntas de Gobierno hasta la Batalla de Ayacucho. Si bien esta cronología es válida hasta cierto punto, puesto que se ajusta a la parte político-militar del proceso, no permite situar el vasto movimiento en su dimensión abarcadora, comprensiva. La historia no puede seguir siendo limitada a la historia política, como ha sido tradicional y sigue difundiéndose en los manuales, sino que debe mostrar los procesos en su dimensión global, que incluye, además de los hechos políticos, la historia de las ideas, los cambios sociales, económicos y culturales. Por eso, parece más adecuado establecer que, en términos generales, el proceso de emancipación colonial, como modificación del conjunto de la sociedad, se desarrolla entre 1790 y 1830.
Este periodo, que tiene su centro en el año 1810, comprende desde las primeras manifestaciones abiertas y gestiones públicas por la independencia, hasta el triunfo militar sobre los ejércitos españoles y el fin de la unidad política que la lucha impone. En 1830 (el año de la muerte de Simón Bolívar) se produce la disolución de la Gran Colombia, creada en 1819 y símbolo de alguna manera del proyecto de integración política de las naciones liberadas y del espíritu americanista que tuvo el proceso emancipador. A partir de ese momento puede darse por cerrado el periodo de la Emancipación propiamente tal, y se inicia una larga y conflictiva etapa de formación de las naciones-estados, cuya consolidación da origen a la mayoría de las actuales repúblicas.
En el aspecto cultural, la producción intelectual, artística y literaria del periodo de la Emancipación no sólo está contextualizada sino claramente marcada por el proyecto revolucionario que orienta el quehacer social de esos años. Los hombres que promueven y activan el proceso emancipador eran criollos ilustrados, poseían, en general, una cultura filosófica y literaria; eran, puede decirse, hombres de letras con un pensamiento amplio y avanzado. Pero el cultivo de la literatura, en el sentido que hoy daríamos al término, no fue en ese periodo una actividad autónoma sino que estuvo al servicio de la difusión polémica de las nuevas ideas (Henríquez Ureña: Corrientes, 98-101). Esto se puede establecer tanto por las evidentes preferencias temáticas en la literatura de esos años, como por la a menudo explícita posición ideológica que asume la perspectiva de enunciación. Este carácter programático y de servicio que asumen las letras de esos años explican no sólo la virtual ausencia de una literatura concebida como expresión individual, subjetiva, sino la utilización sistemática de las formas tradicionales que se denominan «neoclásicas», puesto que su empleo facilitaba la recepción por parte de un público formado en la sensibilidad y gustos del XVIII.
Una consecuencia importante de este hecho es que la noción misma de «literatura» (sobre todo si la tomamos en su acepción actual) adquiere en este periodo un sentido sumamente lato y bastante ajeno a las cuestiones puramente artísticas o estéticas, que pasaban más bien a cumplir una función complementaria o ancilar, como podría decir Alfonso Reyes.
Como hemos señalado más arriba, en este periodo el ejercicio de las letras, y en general el de toda actividad intelectual, se encuentra hondamente marcado (en uno u otro sentido, en función de unos u otros intereses) por el proyecto emancipador, liberador y contestatario que compromete el conjunto de la vida social. Para el bando de los patriotas, sobre todo, las letras eran un instrumento de difusión de las nuevas ideas, de formación de conciencias críticas y libres, un medio para la «ilustración» de los ciudadanos, que debían prepararse para el ejercicio de la libertad que se buscaba conquistar.
Las condiciones materiales y políticas en que se daba el ejercicio de las letras hacen que hasta el segundo decenio del siglo XIX el proyecto emancipador y revolucionario no pudiera expresarse en el medio hispanoamericano de una manera abierta. Porque si bien es cierto que la obra de sus intelectuales muestra, sobre todo en la etapa inmediatamente anterior a 1810, diversos grados de radicalización en sus planteamientos nacionalistas y emancipadores, es necesario considerar que no siempre estas manifestaciones podían mostrar la verdadera hondura de sus proyectos revolucionarios, habida cuenta de la represión y vigilancia que ejercían sobre los escritos las autoridades coloniales. Más libres, y por tanto más audaces y reveladoras, son las expresiones escritas de los criollos en el exterior, particularmente en Europa, sobre todo después del triunfo de la Revolución Francesa (1789).
La medida de expulsión de los jesuitas, decretada por Carlos III en 1767, dio lugar a que una significativa cantidad de miembros de la orden se dieran a la tarea de difundir el conocimiento y de formar conciencia sobre la realidad americana en los medios europeos. De hecho, como señala John Lynch, «la literatura de los jesuitas exiliados pertenecía más a la cultura hispanoamericana que a la española. Y, si no era aún una cultura 'nacional', contenía un ingrediente esencial del nacionalismo, la conciencia del pasado histórico de la patria (...). Los jesuitas eran simplemente los intérpretes de sentimientos regionalistas que ya se habían arraigado en el espíritu criollo». (3)
Un ejemplo significativo de esto lo encontramos en el ya mencionado abate Viscardo. Peruano de nacimiento, exiliado a raíz de la expulsión de los jesuitas, vive en Italia y en Inglaterra. En 1791 redacta su «Carta a los españoles americanos», que es editada por Francisco de Miranda en 1799. En este texto se hace explícita la identidad del hispanoamericano como diferente del español peninsular, al afirmar que

El Nuevo Mundo es nuestra patria, y su historia es la nuestra, y en ella es que debemos examinar nuestra situación [28] presente para determinarnos, por ella, a tomar el partido necesario a la conservación de nuestros derechos propios y de nuestros sucesores.

Esta afirmación de identidad diferenciada es, para Viscardo, la necesaria toma de conciencia de que «[no conocemos] otra patria que ésta [i. e. América] en la cual está fundada nuestra subsistencia y la de nuestra posteridad», y en consecuencia España debe ser vista como «un país que nos es extranjero, a quien nada debemos, de quien no dependemos y del cual nada podemos esperar».
Esta idea de que «la patria es América», como dirá más tarde Bolívar, es decisiva en la formación de la conciencia emancipadora, y es fundamental tomarla en cuenta para comprender globalmente el proceso de esos años, ya que es un sello específico que marca tanto las acciones políticas y militares de todo ese periodo como los proyectos intelectuales y literarios que entonces se plasman.
Porque es un hecho evidente que en las letras de esos años prácticamente no se encuentran preocupaciones «nacionales» a la manera como se desarrollan posteriormente (y como todavía se entienden); es decir, no se postula una literatura -o una cultura- que sea chilena, argentina, mexicana o venezolana, sino una que fuera «americana», y este «americana» es un gentilicio de identificación nacional, por oposición a «española». Los escritores se sienten «americanos» y por ello, para quienes hoy escriben las historias de las literaturas nacionales, a menudo es difícil -y no muy legítimo- adscribir a muchos de ellos a un país específico. (4)
Aparte de esta idea de una identificación diferenciadora con respecto a la España peninsular, es importante destacar en el texto de Viscardo la base política libertaria e ilustrada que alimenta su conciencia emancipadora: la lucha de América no tiene un sentido nacionalista estrecho, no es contra los españoles en cuanto tales sino contra el despotismo y el absolutismo, razón por la cual considera que «el español sabio y virtuoso, que gime en silencio la opresión de su patria, aplaudirá en su corazón nuestra empresa». Porque una América libre será también «asilo seguro para todos los españoles, que además de la hospitalidad fraternal que siempre han hallado allí podrán respirar libremente bajo las leyes de la razón y de la justicia».
La Carta de Viscardo se publica (en francés) en 1799, un año después de su muerte; en 1801 se hace una edición en castellano, que circula en los medios patriotas de todo el continente. El principal propagador del texto de Viscardo en esos años fue Francisco de Miranda, y esto es significativo y revelador de su importancia como síntesis del proyecto político-ideológico que impulsaba la conciencia criolla en ascenso.
Sin embargo, como se ha dicho, pocos son los textos propiamente literarios que se registran en ese periodo. El mismo año de la edición en castellano de la Carta de Viscardo se da a conocer la «Oda al Paraná» de Manuel José de Lavardén (1754-1809), en que los versos neoclásicos de elogio al paisaje y la tierra son lenguaje discreto para anunciar las posibilidades de progreso basado en la industria y el comercio, vagamente insinuado como «libre comercio».
Tal vez lo más interesante y significativo de una nueva cultura emergente en esos años no se encuentra en obras canónicamente consideradas literarias. Es interesante, aunque ha sido soslayado en gran medida, el registro de una amplia producción de textos que, desembarazándose de los ceñidores codificados de la «literatura», dieron lugar a lo que bien pudiera considerarse como el «género» más propio del periodo. No existe un nombre común para esta modalidad expresiva, pero es evidente que bajo las diversas denominaciones con que se dan a conocer estos textos -«Declaración», «Proclama», «Arenga», «Memorial», «Representación»... (5)- subyace una misma búsqueda formal y expresiva. El ejemplo más importante y donde alcanza su mayor nivel este «género» literario propio del periodo de la emancipación, se encuentra en la «Carta de Jamaica» (1815) de Simón Bolívar, verdadera pieza maestra en su tipo.
Por otra parte, también es frecuente, sobre todo en los primeros años, que se utilicen, cambiando su signo, formas canonizadas por la tradición literaria y cultural, como los «Diálogos» y los «Catecismos». (6) Un estudio que parta del registro y examen de las manifestaciones concretas que constituyen el mundo de las letras de la emancipación, tendría que establecer la tipología discursiva básica, tanto temática como formal, que predomina en la producción literaria de esos años. Y en esta perspectiva sería posible ver que desde la Carta (1791) de Viscardo hasta la «Alocución a la poesía» (1823) de Andrés Bello subyace un mismo aliento, que busca formalizar literariamente el proyecto y el conflicto político-ideológico que define la fisonomía de la sociedad de la época.
Como hemos señalado, la mayor parte de la producción en la esfera de las letras de este periodo no se encauza por las vías tradicionales de la poesía o la narrativa de ficción. Sin embargo esto no significa que no hayan tenido cultivadores, y algunos de importancia y valor.
En la lírica, aunque no desaparecen los motivos amorosos y sentimentales, el conjunto de la producción está marcado también por las preocupaciones libertarias, patrióticas y cívicas; si empleamos la nomenclatura tradicional, podríamos decir que estas obras formalmente se ajustan a las modalidades neoclásicas, aunque se pueda advertir la creciente presencia de los alientos románticos. (7) Los títulos mismos revelan las preferencias formales que más se adecuan al impulso que las motiva: «Oda a la libertad» (1812) de Mariano Melgar, «Oda a la victoria de Maipú» (1818) de Juan Cruz Valera, «Oda a los habitantes de Anáhuac» (1822) de José María Heredia, la «Victoria de Junín. Canto a Bolívar» (1825) de José Joaquín de Olmedo. Es interesante destacar, dentro de todo esto, que surgen algunas expresiones que van mostrando la presencia y afirmación de una sensibilidad diferenciada respecto de la europea y española peninsular. Por otra parte, aunque su presencia haya sido en general soslayada por la historiografía literaria tradicional, circula una vasta producción popular, y ésta llega incluso a permear el terreno de la poesía ilustrada y escrita, entregando muestras originales y verdaderamente renovadoras. Tal el caso, por ejemplo, de los «cielitos» de Hidalgo o de los «yaravíes» de Melgar.
En lo que respecta a textos teatrales, su producción es escasa, y abundan las traducciones e imitaciones de obras clásicas y de autores franceses, la mayor parte concebidas para la lectura y no para la representación. Dentro de los parámetros formales de la tragedia neoclásica escribieron obras Juan de la Cruz Varela, José Fernández Madrid y hasta el mismo José María Heredia; también se dieron algunos casos de comedias a lo Moratín y de sainetes. (8) Uno de los ejemplos de la búsqueda de utilizar el teatro para difundir las ideas nuevas y para servir al proyecto emancipador es el de Camilo Henríquez, que escribe una obra dramática, La Camila, o la patriota de Sud-América, mientras estaba exiliado en Buenos Aires, y aunque no consigue representarla se imprime en 1817. En esta obra, mediante trazos fuertes y lenguaje enfático, aparecen los patriotas perseguidos por el despotismo español, que encuentran refugio entre los indios, presentados por contraste como idealizada muestra de sabiduría y de bondad.
La obra narrativa que destaca en este periodo es, indudablemente, El Periquillo Sarniento de José Joaquín Fernández de Lizardi. Lizardi fue básicamente un publicista de ideas, dedicado al periodismo y a la polémica. Utiliza la coyuntura del decreto de 1812 de las Cortes de Cádiz sobre la libertad de imprenta, para fundar periódicos y desarrollar su actividad en México. El regreso de Fernando VII y el inicio de la Reconquista o Restauración Colonial imponen la censura y Lizardi opta por emplear la ficción narrativa para expresar aquello que la censura le impedía en el periodismo. Es así como en 1816 salen a luz los tres primeros volúmenes de El Periquillo Sarniento (el 4º y último sólo se imprime con la edición de 1830), obra en la que si bien no hay una manifestación explícita de los ideales libertarios y emancipadores (las condiciones tampoco lo permitían), se plasma como una clara propuesta crítica que cuestiona, desde una perspectiva ilustrada y antiescolástica, la degradada sociedad colonial y la deformación moral, cívica e intelectual que resultaba de la colonia.
Un caso especial y que amerita ser tomado en consideración en la narrativa de este periodo es el de la novela Jicotencal, (9) de autor desconocido, pero hispanoamericano, publicada en Filadelfia en 1826. Es considerada como la primera novela histórica, dentro del código romántico, anterior a la primera de esta índole en España (Ramiro, conde de Lucena, de Rafael Húmara, publicada en 1828). Como señala Pedro Henríquez Ureña, «en realidad, su aparición marcaría los comienzos del romanticismo en la América española si no fuera porque se trató de una obra aislada en la que casi nadie paró mientes y que no tuvo continuadores ni influencia» (Corrientes, 123). En todo caso, el hecho es ilustrativo de la creciente autonomía de las letras hispanoamericanas con respecto a las españolas, lo que se verá corroborado poco más tarde con la publicación de Elvira, o la novia del Plata (1832) de Esteban Echeverría.
El texto en que más claramente se expone el sentido de la literatura en función de proponerse la emancipación literaria y servir a la emancipación cultural de los americanos, es la «Alocución a la poesía», de Andrés Bello. Publicada originalmente en 1823, en las páginas iniciales de la Biblioteca Americana, la revista que Bello y Juan García del Río (1794-1856) empiezan a editar en Londres, es, en opinión de José Juan Arrom «un verdadero manifiesto poético» (Arrom: Esquema, 135; Henríquez Ureña: Corrientes, 100). El poema es presentado en los siguientes términos: «Alocución a la Poesía, en que se introducen las alabanzas de los pueblos e individuos americanos, que más se han distinguido en la guerra de la independencia (Fragmento de un poema inédito, titulado 'América')». Escrito en la métrica de la silva (combinación libre de versos de 7 y 11 sílabas), comienza con una invocación a la poesía para que abandone Europa («esta rejión de luz i de miseria») y venga a las tierras de América («del Sol joven esposa»), donde se encuentra abierta la naturaleza y todo espera para encontrar su inspiración en ella:

Divina Poesía,
tú de la soledad habitadora,
a consultar tus cantos enseñada
con el silencio de la selva umbría,
tú a quien la verde gruta fue morada,

i el eco de los montes compañía:
tiempo es que dejes ya la culta Europa,
que tu nativa rustiquez desama,
i dirijas el vuelo a donde te abre
el mundo de Colon su grande escena.

El carácter programático de este poema de Bello está subrayado por el hecho de publicarse encabezando el número inaugural de la revista, (10) que es explícitamente -como se puede leer en el «Prospecto» que anuncia la salida de la revista- una empresa a la vez de emancipación y de integración americanas. La clara conciencia que Bello tenía de la función liberadora de la literatura, las artes y las ciencias es la que lo impulsa a fundar la Biblioteca Americana (1823), tarea que luego continúa con El Repertorio Americano (1826-1827). Ambas revistas pueden considerarse como la más ambiciosa empresa cultural de ese periodo, y son la mejor ilustración de los proyectos e ideales que caracterizan este momento. Andrés Bello, cuya labor se prolonga, expande y profundiza en el periodo siguiente, es, sin lugar a dudas, la personalidad intelectual de mayor trascendencia en las letras hispanoamericanas del siglo XIX.
Existe consenso generalizado de que la producción literaria en este periodo estuvo profundamente imbricada con el proyecto de emancipación política. Eso explica que sus hombres de letras sean al mismo tiempo políticos y hombres de acción. Por eso mismo, es difícil separar las múltiples funciones que cada uno de ellos cumple en esos años. Pero si hubiera que resumir, en una dimensión continental, los aportes más importantes de la vida cultural de este periodo, sería posible hacerlo considerando la labor de Andrés Bello en el campo intelectual y literario, la de Simón Rodríguez en la renovación de las ideas educativas y la de Simón Bolívar en la reflexión y la acción política.
La Organización de los Estados Nacionales (1831-1880)
Hacia 1830, el proceso de emancipación política de las antiguas colonias de España, salvo Cuba y Puerto Rico, estaba terminado. Pero el proyecto integrador y unitario que era consustancial al proceso también se diluye y comienza una etapa de luchas caudillistas, guerras internas y conflictivos cambios de poder, buscando formas de gobierno independiente del que no existían tradiciones ni experiencias.
Los sectores cuya insurgencia provocó la ruptura con la metrópoli buscan asegurar su hegemonía en las nuevas repúblicas, y garantizar las condiciones de su fortalecimiento como oligarquías criollas, agropecuarias fundamentalmente, y en menor grado mineras. Una de las secuelas del régimen colonial fue la carencia de una tradición gestionaria de administración y gobierno, lo que hizo que la vida republicana en estos países se desarrollara a bandazos, entre la anarquía y el despotismo. Salvo en Chile y en Brasil-por razones diferentes en ambos casos-, los años que van desde 1830 a 1850 aproximadamente, se caracterizan por la inestabilidad, tanto de los gobiernos pretendidamente republicanos como de las naciones mismas que tratan de constituirse como entidades autónomas a partir de las artificiales divisiones político-administrativas establecidas en la colonia.
El proceso de constitución y estabilización de las estructuras nacionales, abarca el periodo que va desde 1830 (disolución de los proyectos de integración continental o subregionales) hasta 1880, años más, años menos. Y en este largo proceso pueden distinguirse dos momentos que, con algunos desfases, se cumplen en casi todos los países. Los primeros veinte años, como se ha dicho, se caracterizan por las guerras civiles, enfrentamientos de caudillos, anarquía y desgobierno; pero hacia mediados de siglo, se empiezan a estabilizar las sociedades bajo el control oligárquico, y una situación favorable del comercio internacional permite un incremento de los ingresos de exportación y un fortalecimiento económico. Como consecuencia de esto último, a partir de 1850, la estabilización de los estados nacionales, afincada en el desarrollo de una economía de cultivo y extractiva, profundamente dependiente del comercio exterior, hizo que la anterior dependencia colonial se sustituyera por una relativa independencia política y un creciente fortalecimiento de los lazos económicos con Europa.
Los proyectos que marcan la vida intelectual de esos primeros años llevan el sello dominante del liberalismo ideológico en lo político, y del romanticismo en lo artístico y literario. Es significativo que Andrés Bello, en 1842, escribiera que «en la literatura, los clásicos y románticos tienen cierta semejanza con lo que son en la política los legitimistas y liberales».
Con pocas excepciones, los hombres de letras conservan la tradición que surge en el periodo de la emancipación, y en las nuevas repúblicas independientes se mantienen estrechamente vinculados a la vida pública y a la acción política. Como señala Pedro Henríquez Ureña, «en medio de la anarquía, los hombres de letras estuvieron todos del lado de la justicia social, o al menos del lado de la organización política contra las fuerzas del desorden» (Corrientes, 114).
Si bien es cierto que el sello general de esos primeros decenios de este periodo de formación de los estados nacionales se articula al romanticismo, no es menos cierto que este romanticismo tiene características difícilmente reductibles sin violencia al romanticismo europeo. En primer lugar, por la fuerte vinculación con la vida pública y la política inmediata que mantenían sus hombres de letras. Y en segundo lugar, porque no había en América una tradición clásica de modelos que enfrentar y de normas que romper. De esta manera, el impulso libertario del romanticismo hispanoamericano fue más inaugural que ruptural, y tuvo un fuerte acento de identificación nacional y un marcado interés por los valores propios. Más que anti clásico fue anti español, sobre todo en el sentido de anti despotismo.
Por ello, no es tan extraño que surgieran en América obras románticas antes que en España, o por lo menos, con autonomía respecto al proceso literario peninsular. Es el caso ya mencionado de Jicotencal (1826); y en estos años, el caso de Esteban Echeverría (1805-1851), que en 1832 publica Elvira, o la novia del Plata. Si bien esta obra -como la otra, su antecesora en el romanticismo- no tuvo una gran acogida en el público, abre camino al reconocimiento de su autor, que en 1837 da a conocer su obra literaria más importante, el relato en verso titulado La cautiva, en el que con la incorporación del paisaje de la pampa -que llama «el desierto»-, el enfrentamiento entre criollos e indios y la naturaleza salvaje, la temática nacional se hace centro de la obra (a diferencia de Elvira, en que estaba apenas formalmente insinuada). En Echeverría se ilustra con bastante propiedad la manera nacional y específica en que el romanticismo se manifiesta en América, especialmente si consideramos que en 1839 escribe su conocido relato El matadero -que no se publica sino hasta 1871-, y que también por esos años da a conocer, primero en forma esquemática -en el periódico El Iniciador de Montevideo, enero de 1839-, el texto doctrinario que se conoce como Dogma socialista (1846).
El interés por lo nacional y por la realidad casi inédita que iba desplegándose en las nuevas naciones de América no es una preocupación puramente especulativa; está profundamente relacionada con la necesidad de conocer, comprender y organizar la sociedad civil. Y hasta las actividades más tradicionalmente desvinculadas de la funcionalidad práctica (como la poesía, por ejemplo) o las que obviamente parecieran destinadas al esparcimiento y recreo (como la inauguración de teatros y salas de espectáculos), se articulaban a este proyecto de formar al ciudadano, al agente civil y civilizado de las nuevas repúblicas. No es pues extraño que en el mundo de las letras, la producción propiamente literaria, del modo como en nuestros días se entiende, fuera parte de una actividad mayor y englobante. Es así como el hombre de letras, además de estar creando una incipiente literatura nacional, reflexionaba y participaba activamente en la formulación de ideas y proyectos constitucionales, legislativos, educacionales, etc., como otra manera de contribuir a la construcción de las nuevas repúblicas.
Sobre todo en la primera etapa de este periodo, la figura que mejor representa y resume en su más alto grado la función plena del hombre de letras es Andrés Bello. Después de un penoso aunque productivo exilio en Londres (desde 1810 hasta 1829), a mediados del año 29 vuelve a América, contratado por el gobierno de Chile, país en el que permanece hasta su muerte (1865). Chile, que había vivido una etapa confusa y anárquica en el decenio anterior, a partir de 1830 inicia un proceso de estabilización política, apoyado en el sector económico-social de la oligarquía terrateniente y encabezado en gran medida por Diego Portales. Se constituye así un gobierno fuerte, centralizado, pero al mismo tiempo despersonalizado (no caudillista), en el que se busca imponer la impersonalidad de las leyes y ordenanzas por sobre la voluntad e interés de los gobernantes y directivos; (11) la Constitución de 1833, de prolongada vigencia, a la que se agrega en 1856 el Código Civil, funciona como un marco regulador y estabilizador de la vida ciudadana. Estas condiciones posibilitan la obra de un hombre del potencial de Andrés Bello. Su obra, amplia, variada y compleja, lo sitúan como uno de los intelectuales más importantes del siglo XIX, y ella puede ilustrar en forma plena el proyecto que moviliza la vida cultural de ese periodo; si hay un principio que pueda englobar este proyecto diríamos que todo él está en función del autoconocimiento identificador y de la organización y estabilización de la vida civil, en los planos de la administración, la educación, las ciencias y las letras.
No deja de ser significativo que las obras de Bello que en esos años tuvieron mayor trascendencia americana hayan sido el Código Civil (iniciado en 1831 y promulgado [45] en 1855) (12) y la Gramática de la lengua castellana para el uso de los americanos (1847). (13) El primero, destinado a regular con nuevos criterios la sociedad civil, sustituyendo la legislación española que seguía siendo aplicada; y la segunda, con el objeto de legitimar y normalizar el uso de la lengua común en las nuevas naciones.
Cabe señalar que esta preocupación e interés por las cuestiones relativas al derecho, al ordenamiento jurídico, y a la lengua y las modalidades del castellano en América, no son privativos del singular talento y la visión de Bello. Si bien alcanzan en él una realización plena y memorable, pueden considerarse como una marca específica del quehacer de los intelectuales y hombres de letras de este periodo. Sin pretender un recuento prolijo, y solamente de paso, pueden recordarse obras como el Fragmento preliminar para el estudio del derecho (1837) y las Bases para la Constitución de la República Argentina (1852) de Juan Bautista Alberdi; el antes citado Código o Declaración de principios... (1838; después Dogma socialista, 1946) de Esteban Echeverría; los Apuntamientos para la introducción de las ciencias morales y políticas (1840) y el Código de moral fundado en la naturaleza del hombre (1860) de Justo Arosemena. Y en lo que respecta a la preocupación por la lengua, aparte de la ya citada y otras numerosas obras de Bello, puede recordarse el Diccionario provincial (...) de voces y frases cubanas (1836) de Esteban Pichardo; el Prospecto del «Diccionario matriz de la lengua castellana» (1850) y el Diccionario de galicismos (1855) de Rafael María Baralt; las Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano (1867-1872) de Rufino José Cuervo.
Un aspecto importante y a menudo descuidado en el estudio de este periodo es el que corresponde a la preocupación por organizar y difundir los primeros repertorios literarios, tanto nacionales como de conjunto. En esos años se publican las primeras antologías y los primeros esbozos de historias literarias. Se trata de una tarea estrechamente vinculada con el proyecto general y englobante de autoconocimiento y afirmación identificadora en la organización de las repúblicas independientes.
En este orden, el esfuerzo más señalado y valioso lo constituye la obra pionera, prolija y erudita de Juan María Gutiérrez. Dentro de ella no puede dejar de mencionarse su América Poética, impresa en Valparaíso en 1846. (14) Este volumen es el primer intento sistemático de reunir y dar a conocer un muestrario significativo de la producción literaria (en verso) de Hispanoamérica. Lleva a manera de pórtico, inmediatamente después de la nota de presentación, el texto completo de la «Alocución a la poesía» de Andrés Bello; como se ha señalado antes, este poema, de 1823, puede ser considerado un verdadero manifiesto de emancipación y autonomía literaria, de manera que el colocarlo en sitio tan especial y privilegiado en esta primera antología (15) es un indicio revelador del carácter y la función que se pretende que ésta cumpla. La América Poética constituye uno de los repertorios más interesantes y reveladores de las letras del siglo XIX; el que no haya sido nunca reeditado y la dificultad de encontrar ejemplares de esta obra puede explicar el hecho de que no haya sido todavía suficientemente valorada su importancia por la historiografía literaria. Aparte de su valor como repertorio y como testimonio del pensamiento crítico literario de la época, la obra presenta algunas características interesantes. Es revelador, por ejemplo, que en la noticia inicial con que presenta a cada uno de los 53 poetas, ordenados alfabéticamente por sus apellidos, no se use nunca el gentilicio nacional (cubano, chileno, argentino, mexicano, etc.), sino que simplemente se indique el lugar de nacimiento. También resulta interesante observar que se incluyen en la muestra poetas de Cuba y Puerto Rico, a pesar de que estos países eran todavía políticamente parte de la corona española. Por último, es digno de atención el que en la presentación de «Los Editores» (p. V-IX) se haga una reivindicación de la poesía en las culturas prehispánicas y aborígenes, hecho singular y hasta novedoso en ese momento.
Además de esta fundamental obra de Juan María Gutiérrez, en este periodo se publican en diversos países (y con variados títulos también) las primeras recopilaciones y antologías que buscan establecer los antecedentes y las bases iniciales de una literatura nacional. (16)
Los dos momentos que se pueden distinguir en este periodo de organización de las repúblicas como estados nacionales podrían ilustrarse también con dos obras que figuran entre las más importantes publicadas en esos años. Me refiero al Facundo (1845) de Domingo Faustino Sarmiento y al Martín Fierro (1872) de José Hernández.
El primer momento, en el que la anarquía y el caudillismo no son sino dos expresiones de una misma realidad social confusa y desorientada, da origen a una obra que sinser estrictamente literaria en términos convencionales -mezcla de ensayo antropológico y social, con descripción de ambientes y costumbres, reflexión ideológica y exposición de tesis políticas y programáticas- se considera una pieza magistral de las letras del siglo XIX. Nos referimos a Civilización y barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga -como se titula en su primera edición-, conocida con el nombre abreviado de Facundo. Expresión maestra de la ideología europeizante del liberalismo clasista y del romanticismo, en Facundo se formaliza literariamente la tesis, cara a la oligarquía ilustrada, de que la verdadera causa de los males de América se define por un conflicto entre la civilización europea y la barbarie americana. Y que los espacios en que se despliegan estos dos principios antinómicos son la ciudad y el campo, respectivamente. Para Sarmiento, la dicotomía se plantea en términos irreductibles, y las anheladas y necesarias metas del progreso, en términos de orden social, desarrollo del comercio, la industria y la educación, sólo serán posibles en la medida en que la «civilización» someta a la «barbarie». Esta tesis esquemática y brutal de Sarmiento tuvo larga progenie, sobre todo por la facilidad con que pudo ser asimilada por el positivismo, entonces todavía incipiente, que pudo darle nuevos rasgos y argumentos y prolongar su vigencia ideológica incluso hasta bien avanzado el siglo XX.
Al publicarse el libro de Sarmiento, en pleno momento de una sociedad corroída por luchas intestinas, los referentes precisos de carácter local eran los blancos e ilustrados oligarcas de Buenos Aires, por una parte, y por otra, los caudillos provincianos y los gauchos mestizos y montoneros. Con el proceso de estabilización de la sociedad argentina, después de la derrota de Juan Manuel de Rosas (1852) y especialmente a partir del triunfo de las tropas de Bartolomé Mitre y el fin del conflicto entre la Confederación y Buenos Aires (1861), se consolida y desarrolla el poder de la oligarquía agraria y ganadera. Bajo su hegemonía se busca la unificación del país, y ya la dicotomía de Sarmiento no puede plantearse en los mismos términos referenciales.
El segundo momento de este periodo, en el que se concreta la estabilización de la vida social, por el carácter de las economías en desarrollo induce a una reconsideración de la visión negativa del campo y la provincia, ya que el nuevo proyecto implica, para afianzar la unidad nacional, su integración al proceso, y la superación de los prejuicios excluyentes. El gaucho, en el esquema de Sarmiento, representaba literalmente la barbarie negativa que se oponía a la civilización, al progreso, al orden. Pero en esta nueva etapa consolidativa y estabilizadora, su función era fundamental para el desarrollo de la producción, sobre todo ganadera, una de las más fuertes bases de la economía nacional. Por eso empieza a reajustarse el esquema, y, sin salirse del modelo maniqueo de «civilización y barbarie», se le empieza a considerar como un agente de la civilización, del progreso, del dominio sobre el campo y la tierra.
La obra en que adquiere su dimensión metafórica este cambio, no de la antinomia sino de sus referentes concretos, es El gaucho Martín Fierro (1872) de José Hernández, uno de los libros más leídos y difundidos en esos años y que se ha convertido en una verdadera epopeya nacional en Argentina. En esta obra, Hernández, sin romper con el esquema de Sarmiento, coloca los términos (civilización versus barbarie) en una dimensión referencial más coherente con la nueva realidad. El gaucho, que es blanco o mestizo, empieza a vincularse a los valores positivos (la «civilización», en términos de Sarmiento), y el factor antagónico, la rémora y el atraso, pasa a ser el indio, tradicional poseedor de las tierras que hay que civilizar. El Martín Fierro, obra, por otra parte, de indudable maestría artística, cumple la función de proyectar una imagen épica y heroica del gaucho, idealizado además como figura noble y sencilla; es el hombre que hace producir el campo, sometiéndolo a la civilización, a pesar de las adversidades, incomprensiones e injusticias. Esta idealización del gaucho va a parejas con la satanización del indio, el «bárbaro», reacio a la civilización, al cristianismo, a la cultura y leyes de los blancos. Como puede revelarlo una lectura atenta de la obra, llama la atención que los mismos rasgos y expresiones que se emplean para caracterizar la «barbarie» en el Facundo son los que se emplean para caracterizar a los indios en el Martín Fierro.
Al entrar en una etapa de estabilización las sociedades y al irse, en mayor o menor grado, consolidando las repúblicas, la producción literaria empieza a desprenderse de funciones contingentes inmediatas. Sobre todo a partir de mediados del siglo se advierte la creciente presencia de obras en las que se reivindica cierta autonomía de funcionamiento y la búsqueda de una condición más propiamente literaria. El costumbrismo (artículos, cuadros y relatos) establece una especie de zona de transición entre el entretenimiento y la crítica más o menos amable de tipos y comportamientos sociales; incluso en el teatro ofrece una expresión bastante lograda, en las obras, por ejemplo, de Manuel Ascencio Segura o de Felipe Pardo. La prensa periódica posibilita también un tipo de literatura en las que la función de entretener se va privilegiando; se fortalece en esos años el folletín sentimental y de intriga (con un enorme desarrollo en México, por ejemplo).
Ya en la segunda mitad del siglo la novela sentimental y realista (los dos elementos integrados) muestran una presencia madura del género, que se acrecienta con el tiempo. De esos años destacan Martín Rivas (1862) de Alberto Blest Gana, y María (1867) de Jorge Isaacs. Hacia fines de este periodo se produce una especie de recuperación de la temática indígena, con obras cuya perspectiva sentimental e idealizada no entra en contradicción con los criterios dominantes; ejemplos de esta propuesta pueden verse en Cumandá, o los amores de dos salvajes (1871) de Juan León Mera, y en Enriquillo (1878, 1882) de Manuel de Jesús Galván.
Con todo, y a pesar de las varias muestras de obras literarias que aún hoy conservan su vigencia artística, no es sino hasta el periodo siguiente, después de 1880, que la producción literaria empieza a tener un desarrollo relativamente autónomo, a formularse su propio proyecto paralelo a los proyectos sociales, políticos y reivindicativos que se plantean en las otras esferas de la vida social.
La Modernización Dependiente (1881-1910)
Como se ha señalado en el capítulo anterior, hacia 1880 el proceso de organización y estabilización de los estados nacionales estaba en gran medida resuelto, sobre la base de la hegemonía de la oligarquía liberal y dentro del marco de una economía exportadora, orientada sobre todo a los mercados europeos.
El espacio social en que se desenvuelve el mundo de las letras hispanoamericanas a finales del siglo XIX está signado por un acelerado proceso de transformación interna de las sociedades. Este proceso, que se conoce en los estudios histórico-sociales como «modernización», puede situarse cronológicamente en los últimos decenios del XIX y comienzos del XX (Romero: Latinoamérica, 247 y ss.). En esos años se produce el desplazamiento de lo que José Luis Romero llama «el patriciado criollo», un crecimiento acelerado de las ciudades capitales -con paralelo estancamiento de las provincias-, el afianzamiento de una nueva burguesía que buscaba controlar tanto el mundo de los negocios como el de la política, etc. En general, en América Latina este proceso implica un «ajuste de los lazos que la vinculaban a los grandes países industrializados» (id., 250).
Esta modernización, que significa el ingreso de América Latina a la «civilización industrial» (17) en condiciones de una nueva dependencia, es el marco continental en el que surge y se desarrolla el movimiento literario que se conoce como Modernismo hispanoamericano. (18) Hay consenso entre los historiadores político-sociales, como Halperin Donghi, entre los historiadores de la economía, como Marcelo Carmagnani, de las ideas, como José Luis Romero, de las relaciones internacionales, como Demetrio Boersner, y de la literatura, como Gutiérrez Girardot o Ángel Rama, (19) para establecer que este periodo se ubica aproximadamente entre 1880 y el segundo decenio del siglo XX. Como señala T. Halperin Donghi:

En 1880 -años más, años menos- el avance en casi toda Hispanoamérica de una economía primaria y exportadora significa la sustitución finalmente consumada del pacto colonial impuesto por las metrópolis ibéricas por uno nuevo (Halperin Donghi, 200).

El cierre de este periodo se puede situar unos pocos lustros después, ya que, como apunta el citado historiador, este orden neocolonial «nace (...) con los signos ya visibles de agotamiento que llegará muy pronto» (id.). Y aunque en su opinión el agotamiento pleno del nuevo orden se patentiza en 1930, es indudable que el periodo 1910-1918 es un momento de crisis que marca una alteración en el nexo de dependencia: pasa de las potencias europeo occidentales a los Estados Unidos. (20) En América Latina, tres hechos de diferente índole pueden servir como ilustración de esta crisis: la Revolución Mexicana iniciada en 1910, la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y la Reforma Universitaria (iniciada en Córdoba, Argentina, en 1918, y que se extiende prácticamente a todo el subcontinente).
Considerado este periodo histórico en su conjunto, se puede establecer que en su etapa consolidativa -a partir de 1880, aproximadamente, y hasta el término de la Primera Guerra Mundial- se desarrolla en el mundo de las letras hispanoamericanas lo que se conoce como el movimiento Modernista en su expresión más plena y progresiva. La crisis que se registra hacia el segundo decenio del siglo XX es el hito histórico en que se hace manifiesta la declinación de la sensibilidad y de la producción Modernistas. En la etapa final de este movimiento artístico se produce la entrada en escena de las propuestas polémicas y experimentales del vanguardismo.
El Modernismo literario, por consiguiente, puede considerarse como un proyecto estético-ideológico que se articula al proceso de incorporación de América Latina (en relaciones de dependencia, conviene recordarlo) al sistema de la civilización industrial de Occidente, al capitalismo. (21)
La difusa conciencia de desajuste y desencanto que impregna la visión del mundo que caracteriza nuestro Modernismo literario, hace de la Belleza -así, con mayúsculas- la suprema si no la única finalidad del Arte -también con mayúsculas-, y convierte a éste en una especie de bastión de defensa, oponiendo sus logros y posibilidades a la inanidad de lo real y cotidiano.
El «héroe abúlico» de la narrativa modernista (22) se corresponde cabalmente con la tesitura del hablante lírico de la poesía del mismo periodo, ambos directa o indirectamente marcados por el tedium vitae y un aristocratizante testimonio de la decadencia, que los lleva a concebir el arte y la poesía como únicos valores incorruptibles en el naufragio de la realidad social inmediata.
Lo artístico como asidero y refugio de valores frente a una realidad en descomposición, poco a poco, sin embargo, devino en retórica y en un proceso de autoalimentación preservativa: si la Belleza no estaba en lo real, era en el Arte donde había que buscarla. Y de este modo, lo que en un momento pudo ser y fue bastión de ataque para fustigar una realidad en proceso de degradación, se fue convirtiendo en reducto de defensa y bastión de aislamiento. Pero esto último ya corresponde a la etapa de comienzos del siglo XX, porque es necesario recordar que el Modernismo, en su momento de auge y desarrollo orgánico, representó un proyecto de altivo rechazo crítico a la degradación social. Cuando Darío declara: «mas he aquí que veréis en mis versos princesas, reyes, cosas imperiales, visiones de países lejanos e imposibles», lo explica inmediatamente por su personal actitud ante la realidad de su tiempo: «¡qué queréis!, yo detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer» («Palabras liminares» de Prosas profanas, 1896). No está aquí simplemente eludiendo, negando la realidad: la está rechazando, la está criticando, mostrándola como contraste negativo del ideal que encarna el arte.
En este sentido, la poética del Modernismo, sobre todo en su etapa inicial, mantiene siempre una vinculación con la realidad social a través de esta actitud de rechazo. La retorización vendrá después, cuando el «mundo del ensueño» deje de ser función de este contacto crítico. Como ha señalado Ricardo Gullón,

en la época modernista la protesta contra el orden burgués aparece con frecuencia en formas escapistas. El artista rechaza la indeseable realidad (la realidad social: no la natural), a la que ni puede ni quiere integrarse, y busca caminos para la evasión. (23)

Es importante insistir en esta distinción respecto al rechazo de la realidad en el Modernismo: el rechazo se dirige hacia la realidad social, no a la natural. Porque será en esta última -en la realidad «natural», en «lo natural» más bien, en el sentido de lo no contaminado por la civilización urbana e industrial- (24) donde se apoye el proceso que permita posteriormente pasar de la negación a la afirmación, proceso que alimenta una de las tendencias más interesantes de lo que Max Henríquez Ureña llama «una segunda etapa del Modernismo». (25)
Dicho en otros términos, la «evasión» en los Modernistas, más que como un proyecto conscientemente afirmado, debe leerse como signo de rechazo a una realidad degradada; pero este rechazo no engloba a «la realidad» en términos absolutos (no es una postura filosófica), sino sólo a la realidad social. La realidad natural, lo natural, no era negado; simplemente no entraba en el ámbito de sus preocupaciones o intereses centrales en cuanto artistas.
En todo caso, en la base de la poética de los primeros momentos orgánicos del Modernismo se encuentra esta postulación disociativa entre el mundo del arte, de la poesía, y el de la realidad, de lo cotidiano. Y esto llega a ser vivido -o vivenciado- casi como una escisión entre el hombre en cuanto ciudadano y el hombre en cuanto artista. En Darío, por lo menos, esto parece ser conscientemente asumido cuando declara: «Como hombre, he vivido en lo cotidiano; como poeta, no he claudicado nunca, pues siempre he tendido a la eternidad» («Dilucidaciones» de El canto errante, 1907).
Aparte de la actitud que imprecisa y provisoriamente podemos denominar de «evasión» -manifestada sobre todo en aspectos y preferencias de carácter temático-, el modo característico en que se registra en la poética del Modernismo esta escisión y esta relación de rechazo a la realidad social, a «la vida y el tiempo en que les tocó nacer», se manifiesta en lo que Ángel Rama describe como un proceso de transmutación de lo real en un código poético que busca articularse a los universales arquetípicos del arte. (26) Lo real podía tener presencia en el arte en la medida en que pudiera transmutarse y universalizarse mediante un código que permitía quintaesenciar y ennoblecer artísticamente cualquier referente. Un presidente puede ser cantado si es «con voz de la Biblia o verso de Walt Whitman»; una ciudad nativa se rescata al sentirla como equivalente a las que se consideran de prestigio cosmopolita: «Y León es hoy a mí como Roma o París»; y si se recuerda «allá en la casa familiar, dos enanos», estos son «como los de Velásquez».
De este procedimiento puede decirse que derivan tanto los méritos y aportes del Modernismo como su propia caducidad.
Es importante señalar que esta concepción de la belleza y el arte contribuye a desarrollar la conciencia creciente de la literatura como una actividad autónoma, así como la idea de la profesionalización del escritor y su responsabilidad de dominio del oficio, conociéndolo a cabalidad, para perfeccionarlo y renovarlo.
Todo esto trajo ventajas y desventajas. Si, por una parte, se logra construir una lengua verdaderamente literaria y explorar al máximo las potencialidades artísticas del idioma, por otra parte, la acentuación unilateral del interés en el código poético (unida al desligamiento de la realidad como vivencia generadora) devino progresivamente -en los satélites primero, y en los epígonos después- en un proceso de retorización y de pérdida de contacto con la realidad.
El proyecto estético-ideológico del Modernismo, al irse diluyendo, evidencia su raigambre romántica, pues romántica es la raíz de su altiva propuesta del arte como una ilusión compensatoria de la realidad social. (27) Ilusión que la realidad, la vida misma, se encarga de aventar:

La vida es dura. Amarga y pesa.
¡Ya no hay princesa que cantar!

escribe Darío en 1905. El mundo de la Belleza y el Arte que los modernistas habían buscado construir como bastión de superioridad crítica y de defensa, va revelando su inanidad frente al arrollador avance de un pragmatismo depredador. La «modernización» del mundo latinoamericano, es decir, su proceso de integración al mundo del capitalismo industrial, se manifiesta como un nuevo proceso de dependencia, mediatizando con el ángulo metropolitano (Europa primero, luego EE.UU.) la relación entre producción y consumo; el París celeste del ensueño se cotidianiza al alcance de cualquier rastacuero enriquecido, y se hace evidente que el proclamado cosmopolitismo no iguala la condición de quienes transitan las mismas calles del mundo.
De esta manera, hacia el final del periodo, se encuentra una especie de regreso a los temas, motivos y valores del mundo americano, lo que, de alguna manera implica desarrollar y jerarquizar algo que estaba presente en el proyecto global anterior, pues se trata de un retorno a lo «natural», a lo simple y sencillo, a lo no contaminado por el avance de un mal entendido progreso burgués. En realidad, esta «vuelta a la tierra», como suele decirse de la modificación que se observa en la temática modernista, si bien registra un cambio de acento no puede verse como una ruptura con el sistema poético entonces hegemónico. Es importante insistir en el hecho de que en la poética global del periodo de modernización, y en el mismo Darío -como ha sido señalado, entre otros, por Torres Rioseco-, estaban presentes, aunque no siempre en primer plano, casi todos los elementos de esta actitud. Una consideración menos unilateral del Modernismo y menos tributaria de la lectura que de él hicieron las buenas conciencias de sus receptores coetáneos, muestra que su poética tiene una amplitud y complejidad que no calza con la imagen reductora que proyectan los manuales de historia literaria. (28) Porque la crítica tradicional, tanto en el caso del Modernismo como en otros equivalentes (Romanticismo, Realismo, Naturalismo) ha pretendido definir todo un movimiento literario por las características de una escuela poética dentro de él, reduciendo así el proceso global a uno solo de sus momentos, el que corresponde a su etapa de «modernismo canónico», e incluso a lo que se suele denominar -superficialmente- «rubendarismo». (29)
Si pensamos el Modernismo no en términos de «escuela» poética sino en cuanto «movimiento» y proceso, como el conjunto de la producción literaria articulada a un periodo histórico-social (lo que se ha llamado la «modernización») que transcurre aproximadamente entre 1880 y 1910, podremos verlo como una respuesta estético-ideológica que ofrece una compleja (y aparentemente contradictoria) fisonomía, en la cual el «rubendarismo» es sólo un aspecto parcial. (Y no sólo un aspecto parcial del Modernismo así entendido, sino también de la misma producción poética de Darío).
Max Henríquez Ureña se refiere a la última etapa como «la hora crepuscular del modernismo». Desarrollando esta imagen, bien podría comprenderse el conjunto del movimiento modernista como un proceso en el que podrían distinguirse tres momentos: uno auroral, en el que se sitúan los llamados «precursores», entre los que se destacan Julián del Casal (1863-1893), Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895), José Asunción Silva (1865-1896) y José Martí (1853-1895); un momento cenital, que cubre plenamente la figura de Rubén Darío (1867-1916); y finalmente uno crepuscular, en el que se sitúa la obra de poetas como Ramón López Velarde (1888-1921), Baldomero Fernández Moreno (1886-1950), Carlos Pezoa Véliz (1879-1908), Abraham Valdelomar (1888-1920) y otros.
Estos últimos, es decir, los escritores que nacen y se forman durante los años de plenitud del modernismo, y empiezan a escribir cuando la crisis de un proyecto social de «modernización» se hace evidente y se evidencia también el proceso de retorización de una propuesta estética que se desvincula cada vez más de lo real, se plantean la búsqueda de una salida desde el interior mismo del sistema poético hegemónico, desde sus propias premisas. Pero este intento de recuperación no logra cristalizar en una ruptura alternativa, en una propuesta poética de negación y ruptura, sino más bien en un readecuación, en una «reforma» más que una «revolución» poéticas.
Su propuesta, en líneas generales, puede resumirse en los rasgos que señala Monguió:

Todos, por esos mismos años, van a lo cotidiano, lo corriente, lo poco «poético», lo nacional, lo provinciano, lo nimio, en busca de temas literarios que los alejen de lo exquisito, lo raro, lo cosmopolita, lo exótico del modernismo, lejos de las islas griegas y de los pabellones [68] de Versalles, de las pagodas orientales, de marquesas y abates dieciochescos, de samurais y de musmés, de Mimí Pinsons más o menos montparnasianas. Naturalmente no siempre consiguen una ruptura completa con el modernismo -la tradición literaria es demasiado fuerte- pero la tendencia no deja de ser general, impresionante, simultánea. (30)

Esto nos revela que hacia finales de la vigencia del Modernismo surgen propuestas poéticas que no podemos considerar como hechos aislados, y que entre ellas existe una afinidad que sería necesario, a más de la constancia empírica, precisar y sistematizar. Y en estos casos -como en otros que habría que agregar al conjunto- nos encontramos con que se dan una serie de circunstancias y condiciones externas que son relativamente comunes a estos escritores que se incorporan a la actividad literaria a fines del primer decenio del siglo XX.
Por ejemplo, la mayor parte de ellos proviene de la periferia de los centros hegemónicos de la vida social, económica, política y cultural de sus respectivos países. Casi todos son de provincia o de barrios suburbanos, y provienen de familias de las capas medias de la población (hijos de profesionales, comerciantes o de familias en descenso económico). Esta proveniencia de sectores periféricos (capas medias y provincia) que encontramos en un alto porcentaje de los escritores de ese momento, pasa a ser significativa si se vincula el hecho a los cambios producidos en la sociedad latinoamericana del XIX, que hacia 1880 se encuentra en una nueva etapa de su evolución global. El desarrollo del capitalismo en América Latina, aun dentro de su modalidad dependiente, trajo, entre otras consecuencias, un proceso de democratización relativa y un crecimiento necesario del sector social destinado a cumplir funciones de servicio (las que corresponden al llamado «sector terciario de la economía»). Esto, unido al incremento de los servicios educacionales (necesario al propio proyecto de modernización de la economía y reforzado ideológicamente por las creencias del positivismo), hizo surgir el mito de la educación y las letras como vía de ascenso social y de acceso a posiciones espectables en los centros de poder. (31)
Considerando el periodo en conjunto, es fácil establecer que los escritores que nacen y se forman dentro de su horizonte, es decir, durante la vigencia del sistema poético del Modernismo, se diferencian obviamente de los que imponen esa misma poética. Pero dado que aún siguen vigentes las condiciones socio-culturales en función de las cuales esa propuesta poética global surge y se desarrolla, la obra de estos escritores no se diseña como una ruptura radical sino más bien como una variable renovadora.
En otros términos, la producción literaria de esta nueva promoción, por lo menos en su primera etapa (la que se da en el segundo decenio de este siglo), se encuentra dentro de la poética global del Modernismo; esta promoción no presenta -en esta etapa- un proyecto estético-ideológico nuevo, ruptural, sino una modificación interna del proyecto modernista, en la que se jerarquizan de modo distinto -y aun inverso- las preferencias de sus antecesores consagrados.
Para diferenciarlos sobre todo del Modernismo canónico se les ha denominado postmodernistas (Federico de Onís) o mundonovistas (Francisco Contreras, Torres Rioseco); la denominación podría ser irrelevante si se establece en grado adecuado su relación con el proceso evolutivo del Modernismo, dentro del cual constituyen la etapa de clausura. Como señala Jaime Giordano:

la generación postmodernista o mundonovista (...) representa una etapa crepuscular de la estética modernista; representa un conflicto entre lo que la visión aristocrático-burguesa del mundo considera como bello y lo que los nuevos sectores (notablemente la pequeña burguesía) realmente conocen. (32)

Dentro de este modernismo crepuscular habría que comprender, sin lugar a dudas, la obra poética que en los primeros 20 años de este siglo escriben autores como los anteriormente señalados y otros cuyos nombres pudiéramos perfectamente agregar a ellos. (33) Si consideramos todo este amplio conjunto de autores cuya producción inicial sobre todo se sitúa cronológicamente en la etapa final del periodo de la «modernización» en América Latina, veremos que su poética, si bien no corresponde al modernismo canónico, no puede considerarse desprendida del impulso general y principios estéticos esenciales de la poética del movimiento modernista, concebido éste como la literatura del periodo de la modernización. (34) Es necesario observar, sin embargo, que muchos de ellos, especialmente si consideramos su producción posterior al término de guerra, se alejan cada vez más del Modernismo, ajustándose de alguna manera a las nuevas propuestas que surgen en el mundo contemporáneo. Nos referimos a la irrupción polémica y experimental de la vanguardia.
Para resumir. En una perspectiva histórico-literaria, el Modernismo hispanoamericano sería el proceso por el cual nuestra literatura, articulándose al proceso global de «modernización» de las sociedades latinoamericanas, se asume como literatura de la edad moderna en la última etapa de consolidación de la sociedad industrial-capitalista a nivel mundial.
Desde este punto de vista, la producción literaria de dicho periodo no se articula al inicio de una etapa histórica, sino que viene a cerrar un ciclo más amplio y general: el de la Época Moderna. Como dice Raimundo Lazo:

...el Modernismo es esencialmente literatura finisecular, en suma, culminación y crisis dramática, en lo literario, de un siglo que se proyecta dos décadas casi en la centuria siguiente. (35)

Y a esto es a lo que apunta Ángel Rama cuando sostiene que:

aunque fueron ellos [los Modernistas] quienes introdujeron la literatura latinoamericana en la modernidad y por lo tanto inauguraron una época nueva de las letras locales, no se encontraban, como se ha dicho, en el comienzo de un novedoso periodo artístico universal sino en su finalización, a la que accedían vertiginosamente y tardíamente. (36)

Esta casi paradójica condición -la de inaugurar una etapa (de universalización) de las letras locales en circunstancias en que finaliza un periodo del arte universal-, no ha sido considerada con todas sus implicaciones en los estudios de nuestro Modernismo. Tal situación, unida a lo anteriormente señalado, especialmente lo que se refiere a no ver el carácter de proceso (de «movimiento» en su cabal sentido) literario vinculado a un proceso histórico-social, ha llevado a un reduccionismo abstracto y a una taxonomía metafísica de pre y post, que dificulta la comprensión del Modernismo en su globalidad.
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Cronología del siglo XIX (1790-1910)

1790
Francisco de Miranda en Londres: reuniones con William Pitt. Se publica primer periódico cotidiano hispanoamericano: Diario Erudito, Económico y Comercial de Lima (1793). Se funda el Papel Periódico de La Havana (1804). Manuel Lacunza (1731-1801): Venida del Mesías en Gloria y Majestad (MS) [1ª edición prob. 1810. Tb. 1812 y 1815. 3ª ed. conocida 1816].
1791
Insurrección en Haití (agosto): la rebelión de Bouckman, Mackandal, Biassou. Abolición del régimen de encomiendas en Chile (Ambrosio O'Higgins). Primera Biblioteca Pública de Quito, dirigida por Eugenio de Santa Cruz y Espejo. Cabildo de Caracas nombra a Simón Rodríguez maestro de primeras letras. Hipólito Unanue [80] edita en Lima El Mercurio Peruano. Posible fecha de redacción (en francés) de la Carta a los Españoles Americanos, del abate Juan Pablo Viscardo (publicada en 1799).
1792
España: comienza hegemonía del favorito Manuel de Godoy. Francisco de Miranda se incorpora como brigadier-general al ejército francés. Eugenio de Santa Cruz y Espejo publica el periódico Primicias de la Cultura de Quito (7 números, hasta su clausura). Hipólito Unanue: Decadencia y restauración del Perú.
1793
Francia: Ejecución de Luis XVI.
1794
Abolición de la esclavitud en las colonias francesas (febrero). Antonio Nariño traduce e imprime la «Declaración de los Derechos del Hombre», en Bogotá. La Gaceta de Guatemala (1816). Sermón sobre la Virgen de Guadalupe pronunciado por Fray Servando Teresa de Mier.
1795
España: cede a Francia parte de isla Santo Domingo (Haití), a Inglaterra isla Trinidad y norte de California. Toussaint Louverture nombrado general en Haití. Sublevación indígena en Saint Vincent (deportación de los [81] indios a Honduras). Sublevación de esclavos negros en Coro (Venezuela): José Leonardo Chirinos y José Diego Ortiz. Prisión de Antonio Nariño: condena a 10 años y confiscación de bienes. Prisión de Santa Cruz y Espejo: muere en prisión. Prisión de Servando Teresa de Mier: deportado a España.
1796
Condena a muerte de Leonardo Chirinos.
1797
Conspiración de Gual y España en Venezuela. Simón Rodríguez abandona Venezuela.
1798
Francisco de Miranda funda en Londres, con otros patriotas americanos, la sociedad secreta «Logia Lautaro». Muere en Londres Juan Pablo Viscardo y sus papeles son entregados a Miranda.
1799
José María España es ajusticiado en Caracas; Manuel Gual se ha exiliado en Trinidad. Simón Bolívar viaja a España. Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland obtienen permiso y llegan a América. Juan Pablo Viscardo y Guzmán: Lettre aux espagnols américains par un de leurs compatriotes (Ed. en Londres, con pie de imprenta en Filadelfia). [82]
1800
México: La Inquisición investiga al cura Miguel Hidalgo y Costilla por sospecha de herejía y «afrancesamiento». En Trinidad es envenenado Manuel Gual. Buenaventura P. Ferrer publica El Regañón de La Habana (Æ1802).
1801
España: Godoy hace invadir Portugal. Haití dicta su Constitución (1º de julio) y Toussaint Louverture es nombrado Gobernador vitalicio. Humboldt y Bonpland en La Habana. Encuentro de Fray Servando Teresa de Mier y Simón Rodríguez en Bayona; colaboración y traducción de Atalá de Chateaubriand. Miranda es expulsado de Francia. Manuel de Lavardén: «Oda al Paraná».
1802
El General Leclerc invade Haití: prisión de Toussaint Louverture y restablecimiento de la esclavitud. Simón Bolívar regresa a Venezuela.
1803
Jean Jacques Dessalines derrota a los franceses en Haití (septiembre 30). T. Louverture muere en prisión en Francia. Antonio Nariño regresa a Bogotá y es encarcelado. Simón Bolívar vuelve a Europa. Servando Teresa de Mier: prisión en España. [83]
1804
Haití: Se proclama la Independencia (1º de enero). Dessalines proclamado emperador. París: reencuentro de S. Bolívar con S. Rodríguez.
1805
Derrota franco-española en Trafalgar. Bolívar: Juramento de Monte Sacro. Miranda visita Haití; entrevista con Dessalines. Miranda a Estados Unidos: entrevista con Jefferson.
1806
Ocupación de Buenos Aires por los ingleses; son rechazados. Miranda intenta invadir Venezuela, por Coro (1º de agosto) pero fracasa. Haití: asesinato de Dessalines.
1807
Entrada de tropas de Napoleón a España, para invadir Portugal (octubre). Familia real portuguesa se embarca para Río de Janeiro (noviembre 29; llegan a comienzos 1808). Haití: lucha entre Alexandre Pétion y Henri Christophe. Bolívar regresa Venezuela. Segunda invasión inglesa al Río de la Plata; son rechazados en Montevideo. Bolívar regresa a Caracas. México: se reabre proceso de la Inquisición contra Hidalgo. [84]
1808
Napoleón ocupa España. España: Batalla de Bailén (julio). Gaspar Rodríguez de Francia, Alcalde de La Asunción. Andrés Bello: «A la victoria de Bailén» (Soneto). Se publica La Gaceta de Caracas (A. Bello redactor). Francisco José de Caldas: Semanario de Nueva Granada.
1809
Movimiento independentista en La Paz: creación de Junta de Defensa (julio-septiembre). Son derrotados; ajusticiamiento de Pedro Domingo Morillo. Junta Gubernamental en Quito (agosto). Sofocada por ejército español. Francisco de Miranda: «Declaración sobre los derechos, libertades e independencia de América». M. Rodríguez de Quiroga: «Proclama a los pueblos de América». Juan Pío de Montúfar, Marqués de Selva Alegre (Ecuador: 1758-1818): «Arenga». Mariano Moreno: «Representación de los hacendados». Bernardo de Monteagudo: «Diálogo entre Atahualpa y Fernando VII en los Campos Elíseos». Camilo Torres: «Memorial de agravios». A.Bello escribe su Análisis ideológica de los tiempos de la conjugación castellana (publicado en 1849).
1810
Haití: Henri Christophe se proclama rey. Se reúnen las Cortes de Cádiz. Estalla la rebelión en las colonias hispano-americanas. Formación de las Juntas de gobierno. [85] Andrés Bello: Resumen de la Historia de Venezuela. A.Bello viaja en misión patriótica a Londres (con Simón Bolívar y Luis López Méndez). Miranda regresa de Londres (diciembre 11) y es nombrado Teniente General de los ejércitos de Venezuela.
1811
Alzamiento de José Gervasio Artigas en Uruguay. José Amor de la Patria (seud.): «Catecismo Político Cristiano» (circuló manuscrito en Santiago; tal vez fecha anterior). Camilo Henríquez: «Proclama» (enero) (fdo. Querino Lemáchez).
1812
España: Cortes de Cádiz promulgan Constitución liberal. Cuba: Levantamiento de esclavos, dirigido por José Antonio Aponte. Prisión de Miranda (muere en 1816). Mariano Melgar: «Oda a la libertad». Camilo Henríquez: «Nociones fundamentales sobre los derechos de los pueblos». J. J. Fernández de Lizardi empieza a editar periódico El Pensador Mexicano (1814). La Aurora de Chile (1813), primer periódico chileno, dirigido por Camilo Henríquez. Simón Bolívar: «Manifiesto de Cartagena» (diciembre 15).
1813
Simón Bolívar de los Andes a Caracas: la «Campaña Admirable»; es proclamado El Libertador (agosto). S. [86] Bolívar: Decreto de Guerra a Muerte. Se proclama la independencia del Paraguay. Fray Servando Teresa de Mier: Historia de la Revolución de la Nueva España.
1814
España: Fernando VII vuelve al poder. Contraofensiva de los ejércitos realistas en América. Chile: desastre de Rancagua y huida de los patriotas a Buenos Aires. Paraguay: Gaspar Rodríguez de Francia se proclama dictador perpetuo (1840) y aísla el país.
1815
Desembarco de tropas realistas al mando de Pablo Morillo. México: ejecutados Hidalgo y Morelos. Bolívar se entrevista con Pétion en Haití. Bolívar se refugia en Jamaica. Derrotado ejército argentino en el Alto Perú. Brasil: Regencia proclama el Reino Unido de Portugal y Brasil. Simón Bolívar: «Carta de Jamaica». Muere fusilado Mariano Melgar (1790-1815).
1816
España retoma el control de casi todo el continente (excepto Río de la Plata). Francisco de Miranda muere en prisión en Cádiz (julio). José Mariano Beristain y Souza (1756-1817): Biblioteca hispanoamericana septentrional (1er. Tomo). José Joaquín Fernández de Lizardi: El Periquillo Sarniento (3 primeros vol.; el 4º en la edición de 1830). [87]
1817
San Martín cruza Los Andes con Ejército Libertador; B. O'Higgins Director Supremo. Brasil: inicia guerra por posesión de Uruguay. Ocupación de Montevideo: resistencia encabezada por Artigas. Juan Germán Roscio: El triunfo de la libertad sobre el despotismo (publ. en Filadelfia). Camilo Henríquez: La Camila, o La Patriota de Sud-América (impr. en Buenos Aires).
1818
Brasil: coronación como rey de Juan VI. Chile: Triunfo del Ejército Libertador en Maipú (abril 5). Venezuela: Unificación de las fuerzas de José Antonio Páez y Simón Bolívar. Fundación (por Bolívar) de El Correo del Orinoco (dirigido por Francisco Antonio Zea). Bernardo O'Higgins: «Proclama a los araucanos» (octubre). Formación en Chile de la Escuadra Libertadora (comandada por Lord Thomas A. Cochranne). José Joaquín Fernández de Lizardi: La Quijotita y su prima. Bartolomé Hidalgo: «Cielito a la acción de Maipú». Juan Cruz Varela: «Oda a la victoria de Maipú».
1819
Congreso de Angostura. S. Bolívar: Discurso de Angostura (febrero 15). Triunfo de Boyacá y toma de Bogotá. Creación de la Gran Colombia. Juan Egaña: Cartas pehuenches. [88]
1820
Haití: es depuesto Henri Christophe. España: luchas liberales contra el absolutismo. Sublevación de las fuerzas expedicionarias españolas en Cádiz. Alzamiento de Rafael de Riego: Fernando VII es obligado a volver a la Constitución de 1812. En América, las fuerzas patriotas avanzan desde el norte y el sur hacia Perú. Sustitución de Pablo Morillo por Miguel de la Torre al mando de las fuerzas realistas. El Ejército Libertador desembarca en Perú. Simón Bolívar: «Decreto para restablecer a los indios en sus derechos». José María Heredia: «En el Teocalli de Cholula».
1821
Batalla de Carabobo (junio 24). Bolívar prepara la Campaña del Sur, a cargo de Antonio José de Sucre. El Ejército Libertador toma Lima (julio 19); José de San Martín es nombrado Protector del Perú (julio 22). Brasil: Anexión de Uruguay. El rey Juan VI regresa a Portugal por petición de las Cortes; su hijo don Pedro queda como regente. Se funda la Universidad de Buenos Aires. José Cecilio del Valle: Diálogos de diversos muertos sobre la Independencia de América. Fray Servando Teresa de Mier: Memoria político instructiva. Bartolomé Hidalgo: «Diálogos patrióticos».
1822
México: Agustín de Iturbide se proclama emperador. Fray Servando Teresa de Mier, José Cecilio del Valle [89] y otros diputados son encarcelados. Sublevación de Antonio López de Santa Anna. Conferencia de Guayaquil, entre Bolívar y San Martín (julio 22-23). EEUU reconoce la independencia de Colombia. Brasil: Don Pedro rompe con Portugal y es proclamado emperador (septiembre 7). José María Heredia: «Oda a los habitantes de Anáhuac». José Cecilio del Valle: «Soñaba el abad de San Pedro y yo también sé soñar» (Proyecto de Confederación Americana).
1823
Tensiones entre los patriotas en diversos países (esp. entre «federalistas» y «centralistas»). Derrota definitiva de los realistas en Venezuela (Maracaibo y Puerto Cabello). México: Iturbide obligado a renunciar, se proclama la república. Centroamérica: Congreso reunido en Guatemala crea las Provincias Unidas de Centroamérica. Andrés Bello (con Juan García del Río) en Londres publica la revista Biblioteca Americana. Se edita allí su «Alocución a la Poesía». J. M. Heredia es desterrado de Cuba. Simón Rodríguez regresa a América. El presidente de EEUU en su Mensaje al Congreso (diciembre 2) proclama la llamada «Doctrina Monroe».
1824
Bolívar libera Perú. Convoca al Congreso Anfictiónico de Panamá. La Batalla de Ayacucho (diciembre 9) sella la etapa militar de la independencia de la América [90] española. EEUU reconoce a Brasil. Francia reconoce la independencia de Haití. José María Heredia: «El Niágara». La Lira Argentina: primera antología poética nacional.
1825
El Alto Perú pasa a llamarse República Bolívar, después Bolivia. Inglaterra reconoce la independencia de México, Colombia y Chile. Portugal reconoce la independencia de Brasil. León XII condena la independencia de los países de Iberoamérica. José Joaquín de Olmedo: La Victoria de Junín. Canto a Bolívar. José María Heredia: Poesías (publ. en Nueva York).
1826
Disensiones internas y conflictos en las nuevas repúblicas. Congreso Anfictiónico de Panamá (junio 22). Constitución centralista en Argentina: conflicto entre «unitarios» y «federales»; Provincias: petitorio de Juan Manuel de Rosas y resistencia de Facundo Quiroga. Guerras civiles en Centroamérica. Conflictos en la Gran Colombia. Andrés Bello funda en Londres la revista Repertorio Americano (1827). Bello: «A la Agricultura de la Zona Tórrida». Se publica en Filadelfia, anónima, la novela histórica Jicoténcal (probabl. de autor mexicano). Juan Egaña: El chileno consolado en los presidios. [91]
1827
Continúan conflictos y disensiones en las nuevas repúblicas. Guerra civil en Argentina. Triunfo de Morazán en Honduras; reorganiza Federación Centroamericana sobre bases liberales. Juan Cruz Varela: «Triunfo de Ituzaingó». Se funda diario El Mercurio (Valparaíso, Chile). Muere Fray Servando Teresa de Mier. Muere José Joaquín Fernández de Lizardi.
1828
Uruguay se separa del Brasil y crea la República Oriental del Uruguay. Simón Rodríguez: Sociedades Americanas en 1828.
1829
Triunfo de Juan Manuel de Rosas en Argentina. Francisco Acuña de Figueroa: «Malambrunada». Andrés Bello llega a Chile.
1830
Disolución de la Gran Colombia. Es asesinado Antonio José de Sucre. Se inicia en Chile la administración de Diego Portales (presidencia de Joaquín Prieto). Se inician gobiernos autónomos en Ecuador (Juan José Flores), Uruguay (Fructuoso Rivera). Francisco de Morazán presidente de la Confederación Centroamericana. Se crea la Universidad de San Andrés en Bolivia. Simón Rodríguez: El Libertador del Mediodía de América y sus [92] compañeros de armas defendidos por un amigo de la causa social. Muere Simón Bolívar (diciembre 17).
1831
José Antonio Páez presidente de Venezuela. Brasil: Pedro I obligado a abdicar en favor de su hijo Pedro II (Consejo de Regencia, tutela de José Bonifacio de Andrada e Silva).
1832
Se constituye la República de Nueva Granada. Chile: descubrimiento de las minas de plata de Chañarcillo. Esteban Echeverría: Elvira, o la novia del Plata.
1833
Chile: nueva Constitución (rige hasta 1925). Argentina: Rosas, Campaña del Desierto, contra los indios del sur. Inglaterra se apodera de las islas Malvinas.
1834
Argentina: concluye la llamada Campaña del Desierto (fueron muertos 6.000 indios). Giuseppe Garibaldi se refugia en Brasil, huyendo de Italia. José Eusebio Caro: Lara o los bucaneros. Simón Rodríguez: Luces y virtudes sociales. José Antonio Saco: «Justa defensa de la Academia Cubana de Literatura» (es desterrado). Muere José Cecilio del Valle. [93]
1835
Argentina: asesinato de Juan Facundo Quiroga. Se inicia dictadura de Rosas (1852). Colonos norteamericanos de Texas proclaman su separación de México. Ingleses comienzan a colonizar Belice (costa de Guatemala). Andrés Bello: Principios de ortolojía y métrica de la lengua castellana.
1836
España reconoce independencia de México. Andrés de Santa Cruz proclama la Confederación Perú-Boliviana; Chile le declara la guerra. México: Santa Anna ataca a los sublevados de Texas en El Álamo. Esteban Pichardo y Tapia: Diccionario provincial casi razonado de voces y frases cubanas.
1837
Asesinato de Portales en Chile. Juan Bautista Alberdi: Fragmento preliminar al estudio del derecho. Esteban Echeverría: Rimas (incluye La cautiva). Mercedes Marín del Solar: «Canto Fúnebre a la Muerte de Diego Portales».
1838
Argentina: Flota francesa bloquea Buenos Aires. R.Dominicana: Juan Pablo Duarte funda sociedad independentista «La Trinitaria». Esteban Echeverría redacta el Código o Declaración de los principios que constituyen la creencia social de la República Argentina (1846: [94] Dogma Socialista. Flora Tristán: Peregrinaciones de una paria.
1839
Ejército chileno derrota Confederación Perú-Boliviana en Yungay. Se disuelve Confederación Centroamericana: Nicaragua, Costa Rica, El Salvador, Honduras y Guatemala se constituyen como Estados independientes. Esteban Echeverría escribe «El matadero» (publicado en 1871). Cirilo Villaverde: Cecilia Valdés (1ª versión). Manuel Ascencio Segura: El Sargento Canuto (estreno en teatro; publicado impreso en 1858). Muere José María Heredia.
1840
España reconoce independencia de Ecuador. Guerras civiles en Argentina, Ecuador, Colombia, México. Muere en Paraguay Gaspar Rodríguez de Francia. D. F. Sarmiento desterrado a Chile. Esteban Echeverría, Juan Bautista Alberdi, Vicente Fidel López exiliados en Uruguay. Justo Arosemena: Apuntamientos para la introducción de las ciencias morales y políticas. Juan Francisco Manzano: Autobiografía de un esclavo.
1841
Derrota de Lavalle en Argentina. Giuseppe Garibaldi se traslada a Montevideo. Santa Anna presidente de México. Andrés Bello: «El incendio de la Compañía». [95] Gertrudis Gómez de Avellaneda: Sab. Manuel Ascencio Segura: La saya y el manto. Rafael María Baralt: Resumen de la historia de Venezuela.
1842
Fin de la guerra civil en Colombia. Fusilamiento de Francisco Morazán en Costa Rica. Chile: se crea la Sociedad Literaria (Generación del 42). Se crea la Escuela Normal de Preceptores (primera en Hispanoamérica, dirigida por Sarmiento). Polémica Bello-Sarmiento. Andrés Bello: Poesías. Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido): El veguero. Salvador Sanfuentes: «El campanario». Gertrudis Gómez de Avellaneda: Dos mujeres. Juan Bautista Alberdi: «El gigante Amapolas».
1843
Chile ocupa el Estrecho de Magallanes. Sitio de Montevideo (Manuel Oribe, apoyado por Rosas; hasta 1851). Santo Domingo: levantamiento contra Haití. Fundación de la Universidad de Chile. A. Bello rector (1863): «Discurso inaugural». D. F. Sarmiento: Mi defensa. Andrés Bello: «La oración por todos». Puerto Rico: Aguinaldo Puertorriqueño.
1844
España reconoce independencia de Chile. Se crea la República Dominicana. Santa Anna es depuesto en México. Puerto Rico: Álbum Puertorriqueño (Antología). [96] Juan Bautista Alberdi: Memoria sobre la conveniencia de un Congreso General Americano. José Victorino Lastarria: Investigaciones sobre la influencia social de la conquista y el sistema colonial sobre la historia de la República chilena. Francisco Bilbao: Sociabilidad chilena. En La Habana es fusilado Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido).
1845
España reconoce independencia de Venezuela. EE.UU. invade México y se anexa el territorio de Texas. Domingo Faustino Sarmiento: Civilización y barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga.
1846
EE.UU. declara la guerra a México y ocupa Alta California y Nuevo México; invasión a Veracruz. Juan María Gutiérrez: América Poética (en Valparaíso; primera antología hispanoamericana). Gertrudis Gómez de Avellaneda: Guatimozín. José Jacinto Milanés: Obras.
1847
España reconoce independencia de Bolivia. Continúa invasión norteamericana a México: toma de la capital. Descubrimiento de oro en California. Inglaterra ocupa la costa de Mosquitia (Nicaragua). Hegemonía de los hermanos Monagas en Venezuela (1847-1858). Inglaterra levanta bloqueo a Buenos Aires. José Mármol: El peregrino. [97] Antonio José de Irisarri: El cristiano errante. Andrés Bello: Gramática de la lengua castellana para uso de los americanos. Muere José Joaquín Olmedo.
1848
Tratado de Guadalupe Hidalgo: México debe ceder a EEUU la mitad de su territorio (febrero). Gobierno provisional de la Segunda República francesa decreta abolición de la esclavitud en colonias del Caribe. José Antonio Páez se asila en Colombia. Manuel Isidoro Belzú asume gobierno en Bolivia. Se levanta bloqueo francés a Buenos Aires. Cirilo Villaverde encarcelado en Cuba. J. J. Olmedo: Obras Poéticas (póstumo). Narciso Aréstegui: El padre Horán. Justo Arosemena: Principios de moral política.
1849
Venezuela: Alzamiento de Páez; prisión. Montevideo: se funda la Universidad de la República. Se fundan las Academias de Bellas Artes en Santiago y en Caracas. Fundación del Conservatorio Nacional de Música en Santiago. Fermín Toro: «La Sibila de los Andes». D. F. Sarmiento: De la educación popular. Manuel A. Alonso: El jíbaro.
1850
Tratado Clayton-Bulwer entre EE.UU. e Inglaterra sobre América Central y el Caribe. Fundación de la Sociedad de la Igualdad en Santiago (Clausurada por el [98] gobierno). J. A. Páez expulsado de Venezuela llega a los EE.UU. Chile: comienza colonización alemana en el sur. Andrés Bello: Opúsculos literarios y críticos. Tb. Compendio de la historia de la literatura. Rafael María Baralt: «Diccionario matriz de la lengua castellana» (prospecto). Alejandro Magariños Cervantes: Caramurú. D. F. Sarmiento: Recuerdos de provincia.
1851
España reconoce independencia de Nicaragua. Fin del bloqueo argentino contra Montevideo. Abolición de la esclavitud en Colombia, Ecuador, Bolivia. Cuba: Narciso López declara la independencia y dicta Constitución: es ejecutado. Motines de oposición liberal en Chile. Expulsión de Francisco Bilbao. José Mármol: Amalia (1855). Fermín Toro: Los mártires (1852). Muere Esteban Echeverría.
1852
Argentina: derrota de Juan Manuel de Rosas, desterrado a Inglaterra. Managua capital de Nicaragua. Juan Bautista Alberdi: Bases para la Constitución política de la República Argentina. Manuel Bilbao: El Inquisidor Mayor.
1853
EE.UU. propone a España compra de Cuba y Puerto Rico. Colombia: nueva Constitución. Argentina: nueva [99] Constitución (inspirada en ideas de J. B. Alberdi). Santa Anna dictador en México. Alberto Blest Gana: Una escena social. Hilario Ascasubi: Trovas de Paulino Lucero. Muere José Eusebio Caro.
1854
Abolición de la esclavitud en Venezuela y Perú. Nueva Constitución y creación de la República de Nicaragua. Bartolomé Mitre: Rimas. Vicente Fidel López: La novia del hereje. Muere Simón Rodríguez.
1855
Santa Anna abandona México. William Walker en Centroamérica. Panamá se organiza como estado federal de Colombia. Perú: Ramón Castilla presidente por 2º periodo; inicio de la prosperidad del guano. Chile: promulgación del Código Civil, redactado por Andrés Bello. Rafael María Baralt: Diccionario de galicismos. Manuel Ascensio Segura: El resignado (Teatro).
1856
Intervención militar norteamericana en Panamá. Diversos países: controversias entre el Estado y la Iglesia William Walker se apodera de Nicaragua, instaura la esclavitud. Francisco Bilbao: Iniciativa de América. Idea de un Congreso Federal de las Repúblicas Americanas. [100]
1857
Constitución federal en México. Detención de Benito Juárez. William Walker obligado a huir de Nicaragua. Primera plantación de café en Guatemala. Mariano Ospina presidente de Colombia. Chile: ocupación de Mejillones en el litoral boliviano. Primera Escuela Normal de Maestros en Cuba. Teatro Municipal en Santiago y Teatro Colón en Buenos Aires. Estanislao del Campo: Cartas de Anastasio el Pollo sobre el beneficio de la señora La Grúa.
1858
España reconoce independencia de Argentina. México: Guerra civil; Benito Juárez establece gobierno constitucional en Veracruz. William Walker fracasa en invasión y es ejecutado en Costa Rica. Estalla Guerra Federal en Venezuela. Juan León Mera: Poesías. Alberto Blest Gana: El primer amor. Eugenio Díaz: Manuela (por entregas, incompleta, de dic. 1858-abril 1859. Ed. completa: 1866).
1859
España reconoce independencia de Costa Rica. Guerras civiles en varios países. México: Leyes de Reforma dictadas por Benito Juárez desde Veracruz. En Venezuela se proclama la Federación. Justo Arosemena: Independencia del Istmo. [101]
1860
Triunfa la Reforma en México; fin de la guerra civil. Auge de la recolección cauchera. Alberto Blest Gana: La aritmética en el amor. Pablo Herrera: Ensayo sobre la historia de la literatura ecuatoriana. Manuel Ascensio Segura: Ña Catita (Teatro). Justo Arosemena: Código de moral fundado en la naturaleza del hombre. Ricardo Palma: Anales de la Inquisición de Lima. Juan Vicente González: Historia de Venezuela.
1861
Estalla la Guerra de Secesión en los EE.UU. México: Benito Juárez presidente constitucional; suspensión del pago de la deuda y coalición de España, Francia e Inglaterra; tropas desembarcan en Veracruz. República Dominicana se reincorpora al imperio español (Pedro Santana). J. A. Páez, Jefe Supremo en Venezuela. Chile: presidencia de José Joaquín Pérez; inicio del periodo liberal. Orllie-Antoine se proclama rey de la Araucanía y la Patagonia. Triunfo militar de Bartolomé Mitre en Argentina y término del conflicto entre Confederación y Buenos Aires.
1862
Invasiones de potencias europeas en América Latina: México, Uruguay, Brasil. México: se retiran España e Inglaterra; Francia intenta conquistar el país; derrota en Puebla. Bartolomé Mitre elegido presidente de Argentina (por unanimidad). Francisco Solano López sucede a [102] su padre en Paraguay. Alberto Blest Gana: Martín Rivas. Francisco Pimentel: Cuadro descriptivo y comparativo de las lenguas indígenas de México (1865). Manuel N. Corpancho: Ensayo literario sobre la poesía lírica en América. Francisco Bilbao: La América en peligro. Juan Bautista Alberdi: De la anarquía y sus dos causas principales. Muere José de la Luz y Caballero. Muere Francisco Acuña y Figueroa.
1863
España reconoce independencia de Guatemala. México: tropas francesas conquistan la capital; se ofrece la corona a Maximiliano de Austria; B. Juárez organiza la resistencia en el norte. R. Dominicana: sublevación contra dominación española. Inicio del conflicto de Perú con España. Fin de la guerra civil en Venezuela: Juan Crisóstomo Falcón presidente. Argentina: Sarmiento dicta decreto de obligatoriedad de la enseñanza primaria. José Hernández: Vida del Chacho. Alberto Blest Gana: El ideal de un calavera. Eugenio María de Hostos: Peregrinación de Bayoán. Muere Antonio José de Irisarri. Muere José Jacinto Milanés.
1864
Congreso de Naciones Americanas (Lima), para tratar agresión de España a Perú (asisten Argentina, Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador y Venezuela). Régimen militar de Mariano Melgarejo en Bolivia. Ruptura de relaciones [103] con Chile. Maximiliano inicia su reinado en México (1867). Activismo independentista de Ramón Emeterio Betances en P. Rico: es expulsado. Rafael Pombo: La hora de las tinieblas. Francisco Bilbao: El Evangelio Americano. Justo Arosemena: Estudio sobre la idea de una liga americana. Manuel Orozco y Berra: Geografía de las lenguas y carta etnográfica de México (1871).
1865
España reconoce independencia del Perú y de El Salvador. EE.UU.: Fin de la Guerra de Secesión (1861-1865). Triple Alianza (Argentina, Brasil, Uruguay) declara la guerra al Paraguay (1870). Chile y Perú en guerra con España. Chile: se declara la libertad de cultos. Nueva intervención norteamericana en Panamá. R. Dominicana recobra su independencia de España. Levantamiento negro en Jamaica. Manuel Bilbao: El pirata del Guayas. Juan María Gutiérrez: Estudios biográficos y críticos sobre algunos poetas sudamericanos del siglo XIX. Rafael María Baralt: Catecismo de la historia de Venezuela. Juan Vicente González: Biografía de José Félix Rivas. Muere Andrés Bello. Muere Francisco Bilbao. Muere Fermín Toro.
1866
España ataca Valparaíso y El Callao. Bolivia: Decreto de Melgarejo que liquida comunidades indígenas (1871). Estanislao del Campo: Fausto. Francisco [104] de Armas Céspedes: La esclavitud en Cuba. Rafael Villavicencio: Discurso pronunciado ante la Ilustre Universidad (positivismo en Venezuela).
1867
México: Evacuación de las tropas francesas; Maximiliano es ejecutado; Benito Juárez reelecto presidente. Jorge Isaacs: María. Rufino José Cuervo: Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano (1872). Gabino Barreda: Oración cívica (positivismo en México).
1868
Estalla guerra de independencia en Cuba y Puerto Rico. Cuba: Grito de Yara (Carlos Manuel de Céspedes). Puerto Rico: Grito de Lares. Triple Alianza ocupa Asunción. Argentina: D. F. Sarmiento elegido presidente (1874). Vicente Riva Palacio: Monja y casada, virgen y mártir. Tb. Martín Garatuza. Gregorio Gutiérrez González: Memoria sobre el cultivo del maíz en Antioquia.
1869
Continúa guerra de independencia en Cuba; derrotados patriotas en Puerto Rico. Ignacio Manuel Altamirano: Clemencia. Arresto de José Martí.
1870
Fin de la guerra de la Triple Alianza: derrota de Paraguay (de 1.300.000 habitantes quedan 300.000). Bartolomé [105] Mitre funda periódico La Nación. Desarrollo de la inmigración italiana en Argentina. Venezuela: Decreto de educación pública gratuita y obligatoria. José Martí sentenciado a 6 años de presidio. Estanislao del Campo: Poesías. Lucio Vicente Mansilla: Una excursión a los indios ranqueles. Justo Arosemena: Constituciones políticas de América Meridional.
1871
Perseguidos de la Comuna de París buscan refugio en América Latina. Brasil: Ley de «libertad de vientres». Bolivia: depuesto Mariano Melgarejo, Agustín Morales decreta devolución de tierras a los indios. Costa Rica: Constitución liberal (vigente hasta 1949). Puerto Rico: Elecciones a Cortes: 14 liberales, 1 conservador. Juan León Mera: Cumandá. Ricardo Palma: Tradiciones Peruanas (1883). Cuba: José Martí deportado a España: El presidio político en Cuba. Juan Bautista Alberdi: Peregrinación de Luz del Día o Viajes y aventuras de la Verdad en el Nuevo Mundo.
1872
Argentina: se funda la primera sección latinoamericana de la Asociación Internacional de Trabajadores. Chile: Ley de imprenta (de carácter liberal). Muere Benito Juárez en México. Antonio Lussich: Tres gauchos orientales. José Ramón Yépez: Anaida. José Hernández: El gaucho Martín Fierro. Hilario Ascasubi: Santos Vega. Juan [106] Montalvo: Capítulos que se le olvidaron a Cervantes (publicado en 1895). Manuel Zeno Gandía: Horas de Meditación.
1873
Tensiones entre Perú, Bolivia y Chile. Adolfo Ballivián presidente de Bolivia. Argentina: aumenta corriente inmigratoria europea. Vicente Fidel López rector de la Universidad de Buenos Aires. Venezuela: se establece matrimonio civil. Antonio Guzmán Blanco recibe título de «Ilustre Americano». Muere José Antonio Páez (Nueva York). Tratado de repúblicas centroamericanas para propugnar principios liberales en sus territorios. México: enmiendas liberales a la Constitución. Juan de Dios Peza: Poesías. Manuel Acuña: Versos. Juan León Mera: Obras selectas de la célebre monja Sor Juana Inés de la Cruz.
1874
Venezuela: Guzmán Blanco cierra conventos y suprime fuero eclesiástico. Chile: supresión de fuero eclesiástico. México: presidente Sebastián Lerdo de Tejada en conflictos por su política anticlerical. José Martí se gradúa en España, viaja a Francia. Juan Clemente Zenea: Poesías Completas (póstumo). José Castellanos: Lira de Quisqueya (antología dominicana). [107]
1875
México: estalla la rebelión yaqui en Sonora. Ecuador: reeleción de García Moreno provoca protestas; es asesinado. José María Rojas: Biblioteca de escritores venezolanos contemporáneos. José Victorino Lastarria: Lecciones de política positiva.
1876
Francia: Ferdinand Lesseps funda sociedad para estudiar la construcción de un Canal en Panamá. México: Porfirio Díaz se apodera del gobierno. Ecuador: Ignacio de Veintemilla, dictadura de corte liberal. Colombia: Aquileo Parra, presidente liberal. Primer Congreso Obrero Mexicano. Argentina: Primer envío de carne a Europa en vapor frigorífico.
1877
Argentina: auge de la exportación de harina de trigo. Primera Exposición Nacional Industrial en Buenos Aires. México: Porfirio Díaz impulsa programas de obras públicas. Modernización económica en Uruguay.
1878
Cuba: Pacto de Zanjón y fin de la Guerra de Diez Años. Instalación de las empresas bananeras norteamericanas en Honduras. Colombia: se firma convenio con la «Compagnie Universelle du Canal Interocéanique» de F.Lesseps para construir canal en Panamá. Brasil: se [108] funda la Sociedad Positivista de Río de Janeiro. Félix Medina: Lira Nicaragüense. Alejandro Magariños Cervantes: Album de la poesía uruguaya. Manuel de Jesús Galván: Enriquillo (1882). José Victorino Lastarria: Recuerdos Literarios. Soledad Acosta de Samper: Cuadros y relaciones novelescas de la historia de América. Clorinda Matto de Turner: Tradiciones cuzqueñas. Muere Juan María Gutiérrez.
1879
Inicio de la Guerra del Pacífico (Chile contra Perú y Bolivia). Venezuela: Antonio Guzmán Blanco retorna a la presidencia. EEUU: pronunciamientos oficiales contra la construcción del Canal de Panamá por Lesseps. José Gautier Benítez: A Puerto Rico. José Hernández: La vuelta de Martín Fierro. José Zorrilla de San Martín: La leyenda patria.
1880
España reconoce independencia de Paraguay. Guerra del Pacífico: desembarco chileno en costas peruanas. Campaña de Lima. Argentina: Buenos Aires, capital federal y separada de la provincia. Julio Roca es electo presidente. Brasil: Joaquim Nabuco funda la Sociedad Contra la Esclavitud. Se inauguran trabajos de construcción del Canal de Panamá. Colombia: comienza el auge del café. José Martí en Nueva York. Florentino Ameghino: La antigüedad del hombre en el Plata. Manuel José [109] Othón: Poesías. Juan Antonio Pérez Bonalde: Ritmos (ed. en Nueva York; contiene «El poema del Niágara»).
1881
España reconoce independencia de Colombia. Guerra del Pacífico: ocupación de Lima por tropas chilenas (1883). Chile: gobierno de Domingo Santa María; auge económico e incremento del capital inglés. Argentina: instalación del primer servicio telefónico en Buenos Aires. Eduardo Blanco: Venezuela heroica. Martí en Venezuela: funda la Revista Venezolana.
1882
España reconoce independencia de Uruguay. R. Dominicana: gobierno de Ulises Hereaux. Argentina: se funda La Plata como capital de la Provincia de Buenos Aires. Segunda Exposición Industrial. Se instala el primer frigorífico. José Martí: Ismaelillo. Vicente Pérez Rosales: Recuerdos del pasado (como folletín; ed. rev. aparte: 1886). Eduardo Blanco: Zárate. Cirilo Villaverde: Cecilia Valdés (edición definitiva). Miguel Luis Amunátegui: Vida de don Andrés Bello.
1883
Fin de la Guerra del Pacífico: Tratado de Ancón. Argentina: ocupación de territorios indígenas en el Chaco. Chile: expropiación de territorios araucanos al sur. Cuba: varios ingenios azucareros pasan a empresarios [110] norteamericanos. D. F. Sarmiento: Conflictos y armonías de las razas en América. Juan Antonio Pérez Bonalde: El poema del Niágara (Prólogo de J. Martí).
1884
Argentina: concluye la Campaña del desierto (desalojo de los indios; sometimiento del cacique Namuncará). Chile: Ley de sufragio universal (sólo alfabetizados mayores de 25 años). Ecuador: alzamiento y derrota de Eloy Alfaro. Colombia: 2º periodo de Rafael Núñez. Lucio Vicente López: La gran aldea. Diego Barros Arana: Historia General de Chile (1902). Muere Juan Bautista Alberdi.
1885
Conflictos en Centroamérica. Uruguay: Ley de matrimonio civil. Martí: Amistad funesta. Nataniel Aguirre: Juan de la Rosa; memorias del último soldado de la independencia.
1886
Monarquía española decreta abolición de la esclavitud (Cuba y Puerto Rico). Venezuela: «Bienio» de Antonio Guzmán Blanco (3er. periodo presidencial). Chile: Presidencia de José Manuel Balmaceda. José Asunción Silva: Poesías. Eustaquio Palacio: El Alférez Real. Rufino José Cuervo: Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana. José J. Podestá: Juan Moreira (Pantomima). [111] Rubén Darío en Chile (1889). Muere José Hernández.
1887
Argentina: Ley de matrimonio civil. José Martí nombrado Cónsul del Uruguay en EE.UU. Rubén Darío: Abrojos. Ramón Meza: Mi tío el empleado.
1888
Brasil: Abolición de la esclavitud (Ley Aurea). Se declara la quiebra de la compañía constructora del Canal de Panamá. México: reelección de Porfirio Díaz. Eugenio María de Hostos en Chile (1891). Publica Moral Social. Rubén Darío: Azul. Juan Zorrilla San Martín: Tabaré. Eduardo Acevedo Díaz: Ismael. Muere D. F. Sarmiento. Muere Nataniel Aguirre. Muere José Victorino Lastarria.
1889
Brasil: es depuesto el emperador Pedro II y se proclama la República. Washington: Primera Conferencia de los Estados Americanos (1890). Chile: Presidente Balmaceda inicia política de nacionalizaciones. Bolivia: Se funda la Sociedad Geográfica de La Paz (positivismo). Pedro Scalabrini: Materialismo, darwinismo y positivismo. Clorinda Matto de Turner: Aves sin nido. José Asunción Silva: «Nocturno II». Manuel Payno: Los bandidos de Río Frío (1891). José María Vargas Vila: Aura o las violetas. [112]
1890
Washington: Finaliza Conferencia Panamericana y se crea la Oficina Internacional de Repúblicas Americanas. Brasil: Antonio Conselheiro funda Canudos en el Estado de Bahía (1897). Agitación oligárquica en Chile por nacionalizaciones (capitales ingleses). Argentina: Ferrocarriles vendidos a capitales ingleses. Luis G. Urbina: Versos. Julián del Casal: Hojas al viento. Manuel Vicente Romero García: Peonía.
1891
Chile: Alzamiento contra Balmaceda; suicidio. José Martí: «Nuestra América»; Versos Sencillos. Julián Martel: La Bolsa.
1892
República Dominicana: reelección de Ulises Hereaux. México: sublevación de taraumaras en Tomochic; masacre por el ejército. Rubén Darío: «A Colón». Marcelino Menéndez Pelayo: Antología de la Poesía Hispanoamericana (1895). Julián del Casal: Nieve. Mercedes Cabello de Carbonera: La novela moderna. Venezuela: se inicia publicación de El Cojo Ilustrado (1915). Guillermo Enrique Hudson: Un naturalista en el Plata.
1893
Guerra civil en Brasil. Argentina: primer tranvía eléctrico en América del Sur (La Plata-Ensenada). Heriberto [113] Frías: publica anónima, por entregas, la crónica de Tomochic (marzo-abril) [2ª ed. 1894. 3ª --con su nombre-- 1899; definitiva: 1906]. Julián del Casal: Bustos y rimas (póstumo; muere ese año). Eduardo Acevedo Díaz: Grito de gloria.
1894
España reconoce independencia de Honduras. José Asunción Silva: «Nocturno III». Manuel Zeno Gandía: La charca. Manuel González Prada: Páginas libres. Manuel Gutiérrez Nájera y Carlos Díaz Dufoo fundan en México la Revista Azul (1896). Venezuela: Pedro César Dominici, Pedro Emilio Coll y Luis M. Urbaneja Achelpohl fundan revista Cosmópolis (1895). Rubén Darío y Ricardo Jaimes Freyre fundan en Buenos Aires la Revista de América.
1895
Nueva guerra de independencia en Cuba: desembarco de Martí; muerte en Dos Ríos (abril 19). Invasión de Maceo. Perú: Nicolás de Piérola presidente constitucional. Rubén Darío: «Marcha triunfal». Venezuela: Primer Libro Venezolano de Literatura, Ciencias y Bellas Artes (Colectivo; positivismo). Juan Montalvo: Capítulos que se le olvidaron a Cervantes (póstumo). José Martí: Manifiesto de Montecristi. [114]
1896
Cuba: continúa guerra independentista; muerte de Maceo. Insurrección independentista en Filipinas, orientada por José Rizal, quien es ejecutado. México: 4ª reelección de Porfirio Díaz. Brasil: Guerra de Canudos. Primeras proyecciones de Cine en América Latina (Río de Janeiro, Buenos Aires, Ciudad de México). Rubén Darío: Prosas profanas y otros poemas. Tb. Los raros [2ª ed. aumentada 1905]. Amado Nervo: Perlas negras. Manuel Gutiérrez Nájera: Poesías (póstumas). Andrés Mata: Pentélicas. José Santos Chocano: Azahares. Manuel Díaz Rodríguez: Sensaciones de viaje. Carlos Vaz Ferreira: Ideas sobre estética revolucionaria. Muere José Asunción Silva.
1897
Brasil: aplastada sangrientamente rebelión de Canudos. En Río de Janeiro positivistas inauguran el Templo de la Humanidad. Ecuador: Eloy Alfaro incorpora los indios a la ciudadanía. Perú: descubrimiento de cobre en Cerro de Pasco. Leopoldo Lugones: Las montañas de oro. Fray Mocho: Memorias de un vigilante. Alberto Blest Gana: Durante la Reconquista.
1898
Cuba: explosión del Maine, EE.UU. declara guerra a España. Tratado de París: España pierde Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Guatemala: gobierno de Manuel Estrada Cabrera (1916). Guillermo Valencia: Ritos. Franz [115] Tamayo: Odas. José Santos Chocano: La selva virgen. José María Vargas Vila: Flor de fango.
1899
Se crea el Tribunal Internacional de La Haya. Cuba: evacuación española, inicio de administración norteamericana. Puerto Rico: idem. Centroamérica: Se crea la United Fruit Company. Venezuela: campaña de Cipriano Castro y toma del poder. Colombia: inicio de la «guerra de los dos mil días». José Santos Chocano: La epopeya del Morro. Guillermo Valencia: Anarkos. Manuel Gutiérrez Nájera: Cuentos de color humo. Manuel Díaz Rodríguez: Cuentos de color. Enrique Gómez Carrillo: Bohemia sentimental. José Enrique Rodó: Rubén Darío. César Zumeta: El continente enfermo. Ricardo Jaimes Freyre: Castalia bárbara.
1900
México: Porfirio Díaz se hace reelegir por 5ª vez. Chile: se funda la Mancomunal Obrera de Iquique (obreros del salitre). José Enrique Rodó: Ariel. José Santos Chocano: El canto del siglo. Luis Orrego Luco: Un idilio nuevo. Carlos Reyles: La raza de Caín. J.M. Vargas Vila: Ibis.
1901
Cuba: Senado norteamericano aprueba la Enmienda Platt (derecho a intervenir en Cuba). Francisco Lazo [116] Martí: Silva criolla. Horacio Quiroga: Los arrecifes de coral. Manuel Díaz Rodríguez: Ídolos rotos. Ignacio Manuel Altamirano: El Zarco (póstuma).
1902
Venezuela: Bloqueo de las potencias europeas. Centroamérica: mayores concesiones bananeras a empresas norteamericanas en Costa Rica y Honduras. EEUU compra las acciones francesas del Canal de Panamá. Rubén Darío: «Salutación del optimista». José Santos Chocano: Poesías Completas. Manuel José Othón: Poemas rústicos. Julio Herrera y Reissig: Los parques abandonados (1907). Manuel Díaz Rodríguez: Sangre patricia. Augusto D'Halmar: Juana Lucero.
1903
Colombia: el Senado rechaza concesión de la zona del Canal de Panamá a EEUU, que apoya insurrección local y reconoce independencia de Panamá. Represiones obreras en Chile y en Argentina. México: Justo Sierra funda el Boletín de Instrucción Pública. Darío cónsul de Nicaragua en París. Rubén Darío: «Oda a Roosevelt». Federico Gamboa: Santa. Víctor Pérez Petit: Los modernistas. Florencio Sánchez: M'hijo el dotor.
1904
Estados Unidos ocupa militarmente zona del Canal de Panamá. Bolivia suscribe tratado de paz con Chile: pérdida [117] del litoral. México: Porfirio Díaz se hace reelegir por 6ª vez. Puerto Rico: Asamblea vota incorporación a EEUU. Julio Herrera y Reissig: Los éxtasis de la montaña (1907). Guillermo Enrique Hudson: Mansiones verdes. Pedro César Dominici: Dionysos. Alberto Blest Gana: Los trasplantados. Paul Groussac: El viaje intelectual (1ª serie). Florencio Sánchez: La gringa. Leopoldo Lugones: El imperio jesuítico. José Ingenieros: La simulación de la lucha por la vida.
1905
Venezuela: Cipriano Castro reelecto presidente; Juan Vicente Gómez vicepresidente. R. Dominicana: tratado con EEUU para garantizar deuda pública; hacienda pública bajo control norteamericano. Rubén Darío: Cantos de vida y esperanza. Leopoldo Lugones: Los crepúsculos del jardín. Amado Nervo: Jardines interiores. Manuel José Othón: Idilio salvaje. Horacio Quiroga: Los perseguidos. José de la Riva Agüero: Carácter de la literatura del Perú independiente. Pedro Henríquez Ureña: Ensayos críticos. Florencio Sánchez: Barranca abajo.
1906
Nueva intervención militar de EE.UU. en Cuba. Guatemala: primeras concesiones a la United Fruit. Ecuador: insurrección de Eloy Alfaro, impone Constitución liberal. Bolivia: comienza explotación del estaño. [118] Rubén Darío: «Oda a Mitre». José Santos Chocano: Alma América. Almafuerte: Lamentaciones. Leopoldo Lugones: Las fuerzas extrañas. Roberto J. Payró: El casamiento de Laucha. Fray Mocho: Cuentos. Manuel Ugarte: Antología de la joven literatura hispano-americana. Gonzalo Picón Febres: La literatura venezolana del siglo XIX. José Enrique Rodó: Liberalismo y jacobinismo. Florencio Sánchez: El desalojo.
1907
R. Dominicana: EE.UU. extiende por 50 años su control de las aduanas y finanzas. Centroamérica: Conferencia Centroamericana en Washington a instancias de EE.UU. Chile: Huelga salitrera y masacre en la escuela Santa María de Iquique (+ de 2.500 muertos). Rubén Darío: El canto errante. Enrique Banchs: Las barcas. Delmira Agustini: El libro blanco. José Santos Chocano: Los conquistadores. Horacio Quiroga: «El almohadón de plumas». Rufino Blanco Fombona: El hombre de hierro. Alfonso Hernández Catá: Cuentos pasionales. Enrique José Varona: Desde mi belvedere.
1908
México: candidatura de Francisco I. Madero. Venezuela: Cipriano Castro, enfermo, parte a Europa; Juan Vicente Gómez asume el poder (1935). José Santos Chocano: Fiat Lux. Enrique Banchs: El libro de los elogios. Evaristo Carriego: Misas herejes. Luis Carlos [119] López: De mi villorrio. Enrique Larreta: La gloria de don Ramiro. Luis Orrego Luco: Casa grande. Manuel Díaz Rodríguez: Camino de perfección. Roberto J.Payró: Pago Chico. Carlos Vaz Ferreira: Moral para intelectuales. Manuel González Prada: Horas de lucha. Francisco García Calderón: Las corrientes filosóficas en América Latina.
1909
Colombia reconoce Panamá como estado, en tratado con EE.UU. Uruguay: se suprime enseñanza religiosa en las escuelas. México: se funda el Ateneo de la Juventud. Leopoldo Lugones: Lunario sentimental. José Herrera y Reissig: La torre de las esfinges. Alberto Blest Gana: El loco Estero. Pío Gil: El cabito. Solón Argüello: El libro de los símbolos. José Enrique Rodó: Motivos de Proteo. Alcides Arguedas: Pueblo enfermo. José Gil Fortoul: Historia constitucional de Venezuela.
1910
Se celebra el Centenario de la Independencia. México: 8ª reelección de Porfirio Díaz; insurrección de Francisco I. Madero. Se inicia la revolución mexicana. Intervención militar de EE.UU. en Nicaragua. Argentina: Roque Sáenz Peña ocupa la presidencia. Se reúne la Conferencia Panamericana en Buenos Aires. Rubén Darío: Poemas del Otoño y otros poemas. Julio Herrera y Reissig: Los peregrinos de piedra. Delmira Agustini: [120] Cantos de la mañana. Roberto J. Payró: Las divertidas aventuras de un nieto de Juan Moreira. Ventura García Calderón: Del romanticismo al modernismo; prosistas y poetas peruanos. Carlos Vaz Ferreira: Lógica viva. Manuel Ugarte: El porvenir de América Española.